En un país donde la política suele estar asociada a formalidad, jerarquías rígidas y liderazgos masculinos, Sanae Takaichi logró romper todos los moldes. A sus 64 años, la dirigente japonesa se transformó inesperadamente en un ícono entre los votantes jóvenes, generando un fenómeno cultural que combina militancia digital, consumo y adhesión emocional, conocido popularmente como sanakatsu.
El término, que puede traducirse como una suerte de “fanatismo por Sanae”, refleja algo inédito en la política japonesa: seguidores que imitan su estilo, agotan productos que ella utiliza y viralizan cada uno de sus gestos cotidianos. Desde un bolso de cuero negro de fabricación local hasta un bolígrafo rosa o simples bocadillos tradicionales, todo lo que rodea a Takaichi se convierte rápidamente en tendencia.

Este fenómeno no es solo anecdótico. Las encuestas publicadas en la antesala de las elecciones generales muestran que su coalición gobernante podría obtener hasta 300 de los 465 escaños de la Cámara baja del Parlamento, un resultado que marcaría un giro significativo luego de meses de desgaste político. Más llamativo aún es el respaldo entre menores de 30 años, un grupo históricamente distante de las urnas, donde su nivel de apoyo supera ampliamente al promedio nacional.
Takaichi lidera el Partido Liberal Democrático, fuerza que ha dominado la política japonesa durante gran parte de la posguerra, pero que en los últimos años había perdido impulso y credibilidad. Su llegada revitalizó al partido, no solo por sus propuestas económicas y de defensa, sino por una estrategia comunicacional poco habitual en Japón.
Con más de 2,6 millones de seguidores en la red social X, supera ampliamente a sus principales rivales, tanto dentro del oficialismo como en la oposición. Su popularidad personal incluso duplica los niveles de aprobación del propio partido, según sondeos difundidos por la emisora pública NHK.
Los contenidos que protagoniza contrastan con la sobriedad habitual de la política nipona. Videos tocando la batería junto al presidente surcoreano Lee Jae-myung, o cantando en italiano para saludar a la primera ministra Giorgia Meloni, circularon masivamente y reforzaron una imagen cercana, espontánea y accesible.
Ese estilo se combina con un discurso firme. Al convocar elecciones anticipadas en enero, Takaichi planteó la votación como una evaluación directa de su liderazgo. Propuso una expansión del gasto público para reactivar una economía estancada, junto con un refuerzo del sistema defensivo frente al creciente peso militar de China en la región Asia Pacífico.
Su historia personal también forma parte del atractivo. Hija de una policía y de un empleado de la industria automotriz, suele remarcar que no proviene de la élite política tradicional. Ella misma ha citado como inspiración a Margaret Thatcher, destacando la claridad discursiva y la determinación como claves del liderazgo.
Durante actos de campaña en barrios emblemáticos de la cultura juvenil, como Akihabara, abordó temas cotidianos que rara vez ocupan el centro del debate político: el costo de los servicios personales, el impacto de la inflación en los hogares y las preocupaciones vinculadas a la inmigración. Ese enfoque contribuyó a que muchos jóvenes se sintieran interpelados por primera vez.

Sin embargo, no todo es entusiasmo. Algunos votantes expresan inquietud por el aumento de precios y la depreciación del yen, fenómenos que ciertos analistas vinculan a las promesas de estímulo fiscal. También persiste la duda sobre si el respaldo digital se traducirá efectivamente en participación electoral, un punto históricamente débil entre las generaciones más jóvenes en Japón.
Aun así, incluso una victoria menos contundente que la prevista confirmaría algo novedoso: la centralidad de la personalidad como motor político en un sistema que rara vez se apoya en liderazgos carismáticos. En un contexto de apatía y desgaste institucional, el caso de Sanae Takaichi muestra cómo la combinación de identidad, redes sociales y relato personal puede redefinir la relación entre poder y ciudadanía en Japón.