Esta semana volvió a verse una postal conocida del Gobierno porteño: operativos precisos, vallado, presencia policial, comunicados prolijos. El tipo de eficacia que se activa cuando el tema es “recuperar” inmuebles tomados. En el sur de la Ciudad -San Telmo y Balvanera como dos ejemplos nítidos- se encadenaron desalojos con despliegue y velocidad, y aun así el asunto quedó en un segundo plano del debate público, casi como un ruido de fondo: pasa, ocurre, se cierra, se sigue.
En San Telmo el caso más visible fue el edificio vinculado a la Asociación Ortodoxa Rusa, sobre Carlos Calvo, con familias que vivían ahí desde fines de los 90 y un centro cultural funcionando en la planta baja. El operativo se hizo de madrugada y tuvo cobertura puntual, más centrada en la escena del procedimiento que en la pregunta urbana de fondo: qué hace la Ciudad con el mapa real de la crisis habitacional en barrios donde el metro cuadrado presiona desde hace años. En la narrativa oficial, la clave pasa por la “recuperación de la propiedad” y por el orden público. La consecuencia inmediata queda suspendida en una frase administrativa: familias que salen, un edificio que “vuelve” a sus dueños, el conflicto que migra de dirección.
En Balvanera, el desalojo de Alsina 2311, esquina Pichincha, frente al Spinetto Shopping, condensó el mismo patrón. Una casona enorme, con decenas de habitaciones y locales comerciales, ocupada desde hacía más de 20 años. El argumento de la Ciudad habló de peligro estructural y riesgo inminente. Se clausuró, se desalojó, se comunicó como un hito de gestión y como parte de una serie más amplia de “propiedades recuperadas”.
Esa maquinaria funciona. Tiene lógica. Produce resultados medibles: inmueble cerrado, llave en mano, conferencia, foto. La pregunta aparece cuando se la mira en espejo con el resto de la vida urbana cotidiana, donde la sensación dominante en muchos barrios es otra: limpieza errática, contenedores desbordados y veredas sucias que se vuelven paisaje; subtes con estaciones cerradas por obras, cambios permanentes y un servicio que se sostiene con parches mientras la Ciudad anuncia planes de renovación que avanzan por tramos y generan más interrupciones.
En los últimos meses el Gobierno porteño reforzó su discurso sobre higiene urbana con campañas y medidas específicas: controles sobre quienes revuelven contenedores, sanciones, QR en contenedores para reportes, mensajes de “orden” vinculados a la basura. Ese énfasis confirma que el problema existe y que se volvió políticamente sensible. Sin embargo, en la práctica barrial el contraste se nota: el Estado aparece con contundencia frente a un edificio tomado y se vuelve difuso frente a la mugre cotidiana que nadie adjudica a un solo responsable. La limpieza requiere regularidad, logística, cuadrillas, control sobre concesionarias, coordinación fina. Carece de épica. No deja una escena única de cierre.
Por eso los desalojos tienen un valor comunicacional tan potente: permiten narrar eficacia, restablecer un límite, ofrecer una victoria concreta. Tienen además un plus político: concentran el conflicto en un lugar y en un grupo identificable. Un edificio, una puerta, una fecha. La suciedad urbana, en cambio, se desparrama. No tiene un enemigo individual, no tiene una foto final. Afecta a todos y a nadie en particular, y entonces se vuelve el síntoma más cruel de una administración: lo que la ciudad siente todos los días.
En el sur porteño esa tensión se vuelve especialmente visible. San Telmo, Constitución, Balvanera, Monserrat y alrededores viven una mezcla permanente de turismo, trabajo informal, hoteles y pensiones, alquileres tensos, vida nocturna y circulación intensa. Ahí, la gestión encuentra un campo fértil para mostrar músculo con desalojos y clausuras. Al mismo tiempo, ahí se percibe con crudeza cuándo falla el mantenimiento básico: residuos alrededor de contenedores, esquinas que se ensucian rápido, veredas castigadas, estaciones que cierran por obras y obligan a reorganizar recorridos.
Al final, la pregunta política queda servida y casi nadie la formula en voz alta: qué tipo de orden produce la Ciudad cuando su herramienta más nítida es el desalojo y su punto más débil es la higiene cotidiana y el transporte que usan millones. Hay eficacia para cortar una ocupación; hay desgaste para sostener limpieza y servicio. En ese contraste se juega una parte importante del clima urbano porteño: una gestión que sabe intervenir con fuerza en episodios puntuales y que todavía no consigue que la Ciudad se note cuidada en lo básico, ahí donde no hay operativos ni vallas, sólo rutina.