El 8 de febrero de 1910 se formalizó en Washington, D.C., la creación de los Boy Scouts of America (BSA), una organización juvenil que canalizó preocupaciones centrales de la sociedad estadounidense de comienzos del siglo XX. En un contexto de urbanización acelerada y cambios sociales profundos, el escultismo emergió como respuesta cívica a la necesidad de formar carácter, disciplina y sentido comunitario fuera de los marcos estatales tradicionales.
El impulsor clave fue William D. Boyce, empresario y editor, quien conoció el movimiento scout británico durante un viaje a Londres en 1909. Inspirado por la experiencia diseñada por Robert Baden-Powell, Boyce promovió su adaptación al contexto estadounidense, integrando a líderes locales, asociaciones juveniles y redes comunitarias ya existentes. El resultado fue una organización estructurada, pero apoyada en el voluntariado y la iniciativa privada.
Desde sus orígenes, los Boy Scouts of America se definieron como un espacio de formación complementario a la escuela y a la familia. Su propuesta combinó actividades al aire libre, aprendizaje práctico y códigos éticos simples, orientados a desarrollar autonomía personal, responsabilidad y compromiso cívico. El énfasis en el asociacionismo voluntario convirtió al escultismo en una expresión temprana de sociedad civil organizada con alcance nacional.
El movimiento también reflejó una concepción particular de ciudadanía: formar individuos capaces de autogobernarse, cooperar y servir a la comunidad sin depender exclusivamente del aparato estatal. Esa lógica, profundamente arraigada en la cultura política estadounidense, permitió que el escultismo se expandiera con rapidez y se integrara a distintas capas sociales, manteniendo una identidad común.

A lo largo del siglo XX, los Boy Scouts of America se consolidaron como una de las organizaciones juveniles más influyentes del país, con millones de participantes. Su impacto trascendió la formación individual y se proyectó en redes comunitarias, liderazgo local y capital social. Sin embargo, el movimiento no estuvo exento de tensiones, debates culturales y procesos de adaptación a nuevas sensibilidades sociales.
Más de un siglo después de su fundación, el legado del escultismo estadounidense sigue ofreciendo una clave para pensar el rol de la sociedad civil en la educación cívica. En un mundo marcado por la expansión del Estado y la fragmentación comunitaria, la experiencia de los Boy Scouts of America recuerda que la formación en valores, cooperación y responsabilidad también puede surgir desde estructuras voluntarias y no estatales.