La nueva aparición de José Luis Rodríguez Zapatero en Caracas volvió a encender alarmas en sectores políticos y mediáticos fuera de Venezuela. Presentado una vez más como facilitador del diálogo, su rol genera más dudas que certezas entre quienes observan una trayectoria marcada por gestos de comprensión hacia el poder de turno y por una distancia evidente frente a las denuncias sistemáticas de violaciones a derechos humanos.
El contexto de su visita no es menor. Zapatero llega en un momento de reconfiguración política interna y con un proyecto de ley de amnistía en discusión, al que ha expresado apoyo público. Para sus críticos, esa coincidencia no es casual: su respaldo es leído como una forma de legitimación externa de decisiones sensibles tomadas por una élite política aún cuestionada, más que como un aporte neutral a la reconciliación nacional.
Desde hace años, el expresidente español se presenta como un puente entre el oficialismo venezolano y la oposición. Sin embargo, múltiples sectores opositores sostienen que su mediación ha servido para ganar tiempo al poder, descomprimir presiones internacionales y proyectar una imagen de apertura que no se traduce en cambios estructurales. La reiteración de ese patrón alimenta la percepción de que su rol funciona más como escudo político que como catalizador de reformas.
Las declaraciones recientes de Zapatero, elogiando el clima político y a las autoridades que lo reciben, profundizan esa lectura crítica. En lugar de condicionar su apoyo a garantías institucionales verificables, el exmandatario opta por un discurso de confianza que, para sus detractores, minimiza la gravedad de la crisis democrática venezolana y relativiza responsabilidades.
El expresidente español José Luis Rodríguez Zapatero dice que está "muy muy satisfecho" con el proyecto de ley de amnistía, que se mantenía en secreto hasta hace apenas minutos.
— Gabriel Bastidas (@Gbastidas) February 6, 2026
Que este personaje aparezca para elogiar tanto la ley, debe encender las alarmas. pic.twitter.com/eHNHCqklpf
El involucramiento de Zapatero también tiene efectos más allá de Venezuela. En Europa y América Latina, su figura aparece cada vez más asociada a procesos de diálogo fallidos o inconclusos, lo que erosiona su credibilidad como mediador imparcial. La persistencia en ese rol, sin resultados claros, plantea interrogantes sobre sus verdaderas motivaciones y sobre el uso político de su capital simbólico.
Lejos de aportar claridad, la visita refuerza una sensación de ambigüedad. Para una parte significativa de la opinión pública, Zapatero ya no representa una figura de consenso ni un garante neutral, sino un actor cuya presencia beneficia más al poder establecido que a una salida democrática efectiva. En ese marco, su intervención vuelve a ser vista menos como solución y más como parte del problema.