Austria y Prusia firmaron en Viena una alianza militar formal contra la Francia revolucionaria. El tratado no surgió de manera aislada: fue la culminación de meses de tensiones, temores y cálculos políticos frente a una Revolución que ya no parecía controlable.
Desde 1789, lo que ocurría en Francia inquietaba a todas las monarquías europeas. La caída del Antiguo Régimen, la limitación del poder del rey y la expansión de ideas como la soberanía popular y la igualdad jurídica amenazaban directamente el orden político del continente. El problema ya no era solo París: el verdadero miedo era el efecto contagio.

En el caso austríaco, la situación tenía además una dimensión personal y dinástica. María Antonieta, reina de Francia, era hermana del emperador, y su posición se volvía cada vez más frágil. Prusia, por su parte, observaba la crisis francesa como un factor desestabilizador del equilibrio europeo, pero también como una oportunidad para reforzar su protagonismo, siempre y cuando la Revolución no se expandiera.
Un primer intento de freno llegó en agosto de 1791 con la Declaración de Pillnitz, una advertencia diplomática conjunta que buscaba presionar a los revolucionarios. Sin embargo, el efecto fue el contrario. En Francia, el mensaje se leyó como una amenaza directa de intervención extranjera, lo que fortaleció a los sectores más radicales y alimentó la idea de que la Revolución debía defenderse por las armas.
Durante los meses siguientes, el clima político se volvió cada vez más tenso. La desconfianza hacia el rey aumentó, las potencias europeas comenzaron a coordinarse con mayor seriedad y la posibilidad de una guerra dejó de ser una hipótesis lejana. En ese contexto, el 7 de febrero de 1792, Austria y Prusia dieron un paso decisivo: pasaron de las advertencias a un compromiso militar concreto, con el objetivo de restaurar el orden monárquico en Francia y frenar la expansión revolucionaria.

La firma del tratado tuvo un impacto inmediato. En París se confirmó la sensación de estar rodeados por enemigos, se aceleró la ruptura definitiva con la monarquía y se consolidó la idea de una guerra “defensiva” en nombre de la Revolución. Apenas dos meses después, Francia declaró la guerra a Austria, dando inicio a las Guerras Revolucionarias Francesas, que pronto involucrarían a gran parte de Europa.
Con el tiempo, el resultado fue exactamente el opuesto al buscado por las monarquías. Lejos de sofocar la Revolución, el conflicto la radicalizó, fortaleció al nuevo ejército ciudadano y abrió el camino a la proclamación de la República y, más adelante, al ascenso de Napoleón. Por eso, el 7 de febrero de 1792 no es solo la fecha de un tratado: es el momento en que la Revolución Francesa dejó de ser un asunto interno y pasó a redefinir el destino político de Europa.