La postergada asunción de Juan Schiaretti en la Cámara de Diputados reordena el tablero político cordobés. Lejos de marcar un regreso ruidoso, el tres veces gobernador vuelve como parte de una estrategia conocida: silencio táctico, negociación fina y administración del poder sin confrontación directa con el gobierno de Javier Milei.
Mientras Martín Llaryora consolida su liderazgo provincial y expande influencia en áreas sensibles como la Justicia, en el oficialismo local niegan tensiones pero admiten diferencias de estilo. El diagnóstico compartido es claro: son tiempos de “tanatosis política”. Hacerse el muerto para sobrevivir y acumular.
El cordobesismo entiende que Milei está fuerte en la provincia y que una confrontación abierta sería suicida. La prioridad es garantizar gobernabilidad, acceso a recursos y margen de maniobra. Caja de Jubilaciones, seguridad, créditos internacionales y protección del Estado provincial aparecen como ejes centrales.
En ese esquema, Alejandra Vigo y Schiaretti funcionan como piezas clave. Ambos evitan definiciones públicas sobre la reforma laboral y otros proyectos sensibles de las extraordinarias. El mensaje es uno: esperar, medir costos y decidir cuando el debate llegue a Diputados.
La lógica no cambia: acompañar lo que no afecte a Córdoba y plantarse cuando estén en juego recursos o poder político. Sin tensionar, el Gobierno provincial salió al mercado de deuda con aval nacional. Sin tensionar, busca acordar fondos para la Caja, ahora con un objetivo claro: duplicar la partida mensual.
El cordobesismo sabe que Milei quiere un gobernador propio en 2027. Llaryora, en consecuencia, apuesta a gestión, territorio y diferenciación sutil. “Somos opositores”, repiten, pero sin romper. La pelea abierta queda descartada. En Córdoba, creen que el tiempo y el silencio siguen siendo aliados.