08/02/2026 - Edición Nº1097

Opinión


Relato libertario

Librecambio de utilería: el acuerdo bilateral que Milei vende como “reparación histórica”

08/02/2026 | El acuerdo con EE.UU. que Milei presenta como librecambio se apoya en cupos, estándares y negociación estatal, lejos del ideal libertario que proclama.



El viernes, cuando Manuel Adorni explicó el acuerdo comercial con Estados Unidos, eligió una escena de época: el relato del ALCA como pecado original, el rechazo de 2005 como la puerta que nos habría dejado afuera del progreso, la promesa actual como acto de reparación histórica. El problema es que el acuerdo presentado como triunfo del librecambio se sostiene sobre una arquitectura que pertenece a otro mundo: el de la diplomacia comercial de Estados, el de las listas, los cupos, las normas técnicas, la negociación de ventajas puntuales.

Eso se ve en los detalles. Se anunció la eliminación de aranceles en Estados Unidos para 1.675 productos argentinos, con una estimación oficial de exportaciones reactivadas por unos 1.013 millones de dólares. Del lado argentino, se informó una rebaja o eliminación de aranceles para posiciones arancelarias que incluyen maquinaria, equipos médicos y químicos, además de reducciones al 2% para rubros donde aparecen autopartes. En paralelo, el paquete incorpora compromisos regulatorios que tienen poco de “mercado puro” y mucho de alineamiento estatal: reconocimiento de estándares de seguridad y alimentarios de EE.UU., facilidades para exportadores estadounidenses de carne vacuna, porcina y aviar, y cláusulas sobre flujos de datos y gravámenes digitales.

Hasta la épica cárnica viene con letra chica: se habló de ampliar la cuota de carne argentina hacia Estados Unidos de 20.000 toneladas a 100.000, con menciones a que ese punto todavía quedaría, por ahora, en un terreno más político que documental. A la inversa, consta el ingreso de carne estadounidense al mercado argentino bajo un esquema de toneladas libres de aranceles. La escena completa remite menos a una apertura universal y más a una negociación de preferencias con inventario, donde cada sector mira su casillero y cada Estado intenta empujar la balanza a su favor.

Ahí aparece la primera inconsistencia del discurso libertario. Javier Milei suele narrar el Estado como el origen del problema, la traba, la distorsión. El anuncio del viernes necesita exactamente lo contrario: Estado operando a pleno, seleccionando rubros, modulando aranceles, definiendo reglas y hasta discutiendo qué estándares se consideran válidos. Ese orden pertenece a la política comercial clásica, esa que un libertario debería mirar con incomodidad, porque funciona con la misma herramienta que denuncia en casa: el privilegio administrado.

La segunda inconsistencia es geopolítica y atraviesa el presente de Donald Trump. Estados Unidos dejó de actuar como misionero del libre comercio hace tiempo; el ciclo reciente se ordena alrededor de aranceles, relocalización industrial, controles de exportación y seguridad económica. La discusión pública en Washington, incluso en el mundo empresario, gira cada vez más alrededor de cadenas de suministro, tecnologías sensibles y minerales críticos. Y el propio acuerdo que se presentó el viernes lleva esa marca: cooperación en controles de exportación para bienes de doble uso, telecomunicaciones “protegidas”, y un capítulo sobre minerales críticos —litio y cobre entre los más mencionados— tratado como prioridad estratégica.

En esa clave, la invocación al ALCA funciona más como un recurso moral que como una descripción del mundo actual. La Argentina de 2026 no firma un pase a la globalización feliz; firma un entendimiento bilateral con condiciones, rubros, estándares, excepciones y compromisos de alineamiento. La palabra “libre comercio” opera como maquillaje conceptual: ordena el relato interno, permite cargar culpas sobre el pasado y promete un futuro de inversiones como si el mercado global siguiera funcionando con el manual noventista.

La paradoja final queda expuesta sin necesidad de empujarla. El gobierno que se presenta como cruzada contra el Estado celebra un acuerdo que sólo existe por acción estatal. El gobierno que asocia a Estados Unidos con “libertad de comercio” abraza un movimiento que lleva el sello del comercio administrado, con rasgos defensivos y estratégicos muy propios del Washington actual. El punto, entonces, ya no pasa por estar a favor o en contra del acuerdo. Pasa por la honestidad ideológica: cuando la realidad empuja hacia la negociación bilateral, el discurso libertario se adapta sin admitir que cambió de idioma. Y esa elasticidad, que sirve para el anuncio del viernes, después se vuelve un problema moral: la doctrina deja de guiar, empieza a justificar.

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