Silvia Mercado no esquiva la polémica. Habla con la soltura de quien lleva décadas mirando el poder de cerca y, al mismo tiempo, con la sensibilidad de alguien que conoce el costo personal del clima político argentino.
En su paso por El Living de NewsDigitales, la periodista trazó un mapa de época: el periodismo en crisis de influencia, un gobierno que vive pendiente de las redes, una sociedad seducida por liderazgos de “tinte autoritario” y una política que, a fuerza de repetirse, parece cambiar de nombres, pero conservar mismos mecanismos.
“Hoy prácticamente no se lee”, dijo, sin dramatismo impostado. Esa frase, que podría pasar como lamento cultural, en su relato se vuelve una clave política: si la lectura se achica, la conversación pública se comprime; y cuando se comprime, manda el impacto.
Mercado reconstruyó su origen con una postal que hoy parece de otra época: enciclopedias, libros, diarios múltiples por día. “Mi papá me empujó bastante, me regalaba un montón de libros y enciclopedias”, recordó. Esa formación no fue sólo lectora: fue un entrenamiento de curiosidad y de método.
Como en esos años no había carrera de periodismo en Buenos Aires, arrancó por Sociología. “Empecé a estudiar sociología, pero las cosas se dieron para que termine escribiendo”. En ese pasaje hay una idea que atraviesa toda la entrevista: el periodismo como destino, pero también como oficio que se construye en la intersección entre vocación, contexto y carácter.
En uno de los tramos más punzantes, Mercado apuntó a lo que -según su lectura- irrita más al oficialismo: la conversación de redes, especialmente X.
“A los gobiernos les molestan algunas notas… pero más le molesta lo que sale en las redes. Lo que más le molesta de todo a este gobierno es Twitter, es X… se ponen realmente locos”, afirmó.
Y marcó una paradoja que define el presente: X no es la red más masiva, pero funciona como termómetro de poder. “No termino de entender por qué Twitter, es la red social que tiene menos impacto en la sociedad, pero el gobierno lo ve como un arma letal”.
Ahí aparece el diagnóstico: no se trata sólo de la plataforma, sino de la velocidad y la capacidad de síntesis. “Vos escribís una nota la lee poca gente. Vos ponés un tweet y el nivel de reproducción es infinito”. El problema, advierte, es el costo cultural: “Eso hace perder profundidad, todo se vuelve una versión maniquea”.
La frase que completa el giro de época es casi una sentencia: “Los influencers hoy en Instagram tienen más poder de llegar a la gente que un periodista. Es un momento complejo para el periodismo”.

La historia personal se vuelve política sin escalas. Mercado contó que su padre era radical, dirigente sindical petrolero, y que incluso estuvo preso durante el peronismo. Ella, en cambio, se declaró “rebelde” en sentido literal.
“Yo peronista cosa que para mi padre fue lo peor que le podía suceder”, dijo, antes de rematar con una de las frases más fuertes de toda la entrevista: “Después me curé con los años. Llegó el kirchnerismo y me curé. Me curé de peronismo”.
Pero el tramo más explosivo no es biográfico: es comparativo. Mercado sostiene que el kirchnerismo replicó modelos de poder del primer peronismo y que el mileísmo —al menos en su intención— también juega con esa estructura.
“El kirchnerismo repitió ese modelo… y yo creo que, en lo malo, Milei repite ese modelo también. Un modelo de opinión única, un modelo autocrático”, planteó, y sumó una pregunta que funciona como advertencia política: “Si Perón no pudo… ¿cómo va a poder Milei en este mundo de redes?”.
Aun así, introduce un matiz que le da densidad al análisis: Argentina no es Venezuela, y aun en liderazgos con rasgos autoritarios, hay una cultura democrática que resiste. “Acá estamos viviendo en una democracia plena, no es fácil domesticarnos”, aseguró, recordando además su militancia en derechos humanos durante la dictadura: “No podía entrar y salir del país sin tener problemas, había mucha gente que luchaba contra los dictadores”.
Sobre el kirchnerismo, Mercado diferenció con claridad estilos y formas de ejercer el poder. “Néstor reconocía lo distinto, Cristina se cerró, no había disenso posible”, dijo.
Y sintetizó la contraposición en dos conceptos: diálogo versus relato. “Cristina dio relato, pero lo cerró al kirchnerismo. Era como que no se podía entrar”. En su mirada, Néstor Kirchner fue “mejor presidente”, aunque también lo describió con crudeza: “Tenía problemas muy severos de adicción al dinero, graves”.
Respecto del costo político y judicial que paga Cristina Fernández de Kirchner, Mercado añadió un elemento delicado, pero muy presente en el debate público: “En muchos casos creo que paga por ser mujer”.
Uno de los pasajes con más “color” es la idea de que el poder argentino deforma. “La gente entra a la Casa Rosada relativamente normal y después les da delirios de grandeza”, disparó, con ejemplos que mezclan ironía y diagnóstico social.
Sobre Milei, su lectura es psicológica y política: “Tiene esta cosa de emperador, se hace los dibujitos, las caricaturas y con eso lo comprás emocionalmente”.
Y sumó algo más concreto: la relación con la prensa acreditada y el control de acceso. “No nos deja ver cuándo entra y cuándo sale de Casa Rosada, nos cierra todo para que no lo veamos”. En esa descripción, Mercado desliza su interpretación sobre el motivo y lo conecta con el estrés del cargo, la imagen pública y la obsesión estética: “El presidente camina mal, no le gusta que lo vean caminar” y contó que hace editar imágenes con inteligencia artificial para sacarle papada.
Más allá del detalle, el punto de fondo es político: un gobierno que gestiona su autoridad también como puesta en escena.

Mercado marcó una ausencia que, para cualquier cronista de Casa Rosada, es un dato estructural: “Nunca dio Javier Milei una conferencia de prensa desde que es presidente”. Y trazó una comparación llamativa con Donald Trump: “Trump da permanentemente conferencias de prensa, siempre los atiende”.
Su conclusión es clara: el contacto no debilita, fortalece. “Yo creo que Milei crecería políticamente si él pudiera tener un vínculo más cotidiano con periodistas que no piensen como piensan los libertarios”.
En clave de ingeniería electoral, Mercado dejó otra definición fuerte: “El principal objetivo político de Javier Milei y de Karina Milei es que el PRO no exista más”. Lo enmarcó como un método “a lo Perón”: absorber aliados hasta convertirlos en parte del propio dispositivo.
Y miró hacia 2027 con una hipótesis central: si a Milei le va bien, la reconfiguración partidaria será profunda; si le va mal, se abre otro mapa. “Si a Milei le va bien en 2027 el PRO desaparece, pero también puede pasar lo otro”.
El repaso por las relaciones presidente–vicepresidente le permitió a Mercado dibujar otra línea comparativa: orden de coalición versus conflicto interno. Puso como caso de coordinación a Mauricio Macri y Gabriela Michetti: “Ella hizo exactamente lo que Mauricio Macri quería, recompuso vínculos, cumplió agenda internacional”.
Con Milei y Victoria Villarruel fue frontal: “Milei lo maneja pésimo, la puso para competirle la agenda militar y ahora que se la aguante”. Y agregó una definición durísima sobre la vicepresidenta: “Es una persona muy complicada” y “tiene una estrategia de poder propia”.
En su paso por El Living de NewsDigitales, Silvia Mercado dejó algo más que declaraciones picantes: armó una explicación de época. Un gobierno que mide su legitimidad en redes, un periodismo con menos capacidad de “imponer agenda” que antes, una sociedad que oscila entre demanda de autoridad y reclamo democrático, y una política que se reinventa en formato espectáculo.
Si el poder hoy se juega en 400 caracteres, Mercado propone volver a una pregunta incómoda: qué se pierde cuando lo inmediato reemplaza a lo profundo. Porque tal vez el problema no sea sólo el gobierno que se enoja con X, sino un ecosistema entero acostumbrándose a discutir lo esencial como si fuera un meme.
