María Estuardo heredó el trono de Escocia cuando tenía apenas seis días de vida. Criada en Francia y profundamente católica, regresó a su país en 1561 para gobernar una Escocia que ya había girado hacia el protestantismo, dominada por una nobleza que desconfiaba de ella y de su fe. Desde el comienzo, su reinado fue frágil. María representaba una monarquía fuerte, con vínculos continentales y católicos, en un reino que avanzaba hacia otro modelo político y religioso. Esa tensión nunca se resolvió.
El quiebre llegó con su vida personal. Su matrimonio con Lord Darnley terminó en desastre. Darnley fue asesinado en circunstancias nunca aclaradas, y poco después María se casó con James Hepburn, conde de Bothwell, principal sospechoso del crimen. Para gran parte de la nobleza escocesa, ese acto fue imperdonable.
En 1567, María fue derrocada por sus propios nobles, encarcelada y obligada a abdicar en favor de su hijo, Jacobo VI. Tras escapar de su prisión y perder una guerra civil, tomó una decisión que sellaría su destino: huir a Inglaterra.

En Inglaterra gobernaba Isabel I, protestante y sin herederos. María Estuardo no solo era reina legítima de Escocia: también tenía derechos dinásticos al trono inglés, reconocidos por amplios sectores católicos.
Isabel no la veía solo como una prima incómoda, sino como una amenaza viva. Sin embargo, ejecutarla era impensable: matar a una reina consagrada rompía todas las reglas no escritas del poder monárquico. Por eso, María no fue recibida como huésped, sino como prisionera de Estado. Durante casi veinte años permaneció bajo custodia, trasladada de castillo en castillo, vigilada y aislada.

A lo largo de su cautiverio, fue vinculada, con distintos grados de prueba, a complots católicos contra Isabel I. El más decisivo fue el complot de Babington, que incluía planes para asesinar a la reina inglesa.
Las cartas interceptadas sirvieron como justificación política. En 1586, María fue juzgada por traición. Isabel dudó durante meses, consciente de la gravedad del acto, pero finalmente firmó la sentencia. El 8 de febrero de 1587, en el castillo de Fotheringhay, María Estuardo fue ejecutada. Murió vestida de rojo, color del martirio católico. Con su muerte, Europa cruzó un límite: por primera vez una reina reinante era ajusticiada por orden de otra monarca.
La ejecución tuvo un impacto inmediato y profundo. María se convirtió en mártir para el mundo católico, Isabel quedó aislada diplomáticamente y el conflicto religioso se agravó. El episodio fue uno de los antecedentes directos del choque con España y de la posterior Armada Invencible.
Pero, sobre todo, dejó una señal histórica: el poder político podía imponerse incluso sobre la sacralidad de la realeza. El derecho divino de los reyes ya no era absoluto.