El Maracaná no es solo un estadio: es un símbolo de identidad nacional, un espacio donde se escribieron capítulos inolvidables de la historia del fútbol. Sin embargo, el gobierno de Río de Janeiro lo incluyó en la lista de bienes que podrían ser vendidos para aliviar una deuda superior a los 12,3 mil millones de reales, lo que equivale a más de 2,2 mil millones de dólares.
La operación podría generar alrededor de 370 millones de dólares, que es el valor estimado de tasación del estadio, lo que que serviría para reducir los pasivos públicos y transferir el costoso mantenimiento del recinto a manos privadas. El argumento económico es fuerte, pero la decisión despierta resistencias en el plano cultural y deportivo.

Entre quienes apoyan la venta se encuentra Rodrigo Amorim, presidente de la Comisión de Constitución y Justicia de la Asamblea Legislativa de Río, quien explicó: “El gobierno invierte una fortuna en el mantenimiento del Maracaná, unos 160.000 euros por partido”, por lo que en caso de venderlo, el Estado obtendría recursos inmediatos y dejaría de cargar con los gastos de conservación de un estadio que requiere inversiones constantes. Para los defensores de esta postura, el Maracaná podría modernizarse bajo gestión privada y convertirse en un negocio más rentable.
Del otro lado, las voces críticas advierten que se perdería un patrimonio histórico y cultural, un espacio que pertenece a la memoria colectiva de millones de hinchas. La venta, dicen, sería un golpe a la identidad futbolera de Brasil y un riesgo para la preservación de un ícono mundial.
Los clubes Flamengo y Fluminense, principales usuarios del estadio, se verían obligados a renegociar contratos con un eventual nuevo propietario.
Esto podría alterar las condiciones de uso y abrir la posibilidad de que los equipos busquen alternativas si las exigencias económicas se vuelven insostenibles. Lo mismo sucede con la selección brasileña, que considera al Maracaná su “casa” histórica, también quedaría en una situación incierta. La pérdida de control estatal sobre el estadio podría complicar la organización de futuros eventos internacionales y afectar la relación entre la Confederación Brasileña de Fútbol y el nuevo gestor.
La posible venta del Maracaná no es solo una operación financiera: es un dilema sobre cómo Brasil gestiona su memoria deportiva y cultural. El desenlace marcará si el estadio sigue siendo un bien público cargado de historia o se convierte en un activo privado con nuevas reglas de juego.