En el verano de 1942, Ana Frank, de apenas 13 años, todavía llevaba una vida relativamente normal en Ámsterdam, aunque atravesada por las crecientes restricciones impuestas a la población judía. En ese contexto conoció a Helmuth Silberberg, apodado “Hello”, un joven dos años mayor que ella, nacido en Alemania y refugiado en los Países Bajos junto a su familia para escapar del nazismo.
Se conocieron a comienzos de junio y comenzaron a verse con frecuencia. Caminaban por la ciudad, conversaban durante horas y compartían meriendas en el departamento de la familia Frank. Para Ana, esos encuentros representaban una pausa en un mundo que se volvía cada vez más hostil.
Ana mencionó a Hello varias veces en su diario entre el 20 de junio y el 1 de julio de 1942. En una de esas entradas relató una visita del joven a su casa, donde tomaron té y comieron galletas. Allí dejó en claro que, aunque le agradaba su atención, no estaba enamorada. Para ella, Hello era parte del descubrimiento adolescente, del coqueteo y de una normalidad que pronto desaparecería.
Ese matiz resulta clave para entenderla no solo como símbolo del Holocausto, sino como una chica de trece años que atravesaba dudas, emociones y curiosidad por el mundo adulto.
Hello fue una de las últimas personas externas a la familia en ver a Ana antes de que los Frank se ocultaran. El 6 de julio de 1942, tras recibir la citación para Margot Frank, la familia ingresó a la Casa de Atrás. Cuando Hello preguntó por ellos, Otto Frank le dijo que habían huido a Suiza, una versión difundida para despistar a las autoridades nazis. El joven nunca supo la verdad en ese momento. Recién después de la guerra se enteró del destino de Ana y de su asesinato en el campo de concentración de Bergen Belsen.

Helmuth Silberberg sobrevivió al Holocausto y emigró a los Estados Unidos, donde formó una familia y llevó una vida alejada de la exposición pública. Sin embargo, con el paso de los años brindó entrevistas en las que recordó a Ana como una joven brillante, elocuente y distinta a las demás chicas de su edad. Murió en 2015, a los 89 años. Y su testimonio no buscó protagonismo, sino aportar una mirada íntima sobre una Ana viva, curiosa y profundamente humana.
La historia de Ana y Hello no es un romance en el sentido clásico, sino una ventana a lo que la guerra interrumpió: una adolescencia común, marcada por charlas, paseos y primeros sentimientos. Ese breve vínculo permite recordar que, antes de convertirse en una de las voces más universales del Holocausto, Ana Frank fue una chica que aún estaba empezando a vivir.