10/02/2026 - Edición Nº1099

Internacionales

Reino Unido

Tormenta Mandelson en Londres: cómo un escándalo por Epstein dañó a Starmer

10/02/2026 | Tras un día de shock político, el premier evita un desafío inmediato, aunque el episodio deja heridos, facciones activas y una agenda condicionada.



La jornada que terminó con Keir Starmer aún en Downing Street no fue una simple turbulencia parlamentaria: fue una demostración de fragilidad del mando. La sucesión de renuncias en su entorno, la presión pública de dirigentes territoriales y el ruido interno convirtieron el día en un test de supervivencia. En ese marco, la clave no fue solo “seguir”, sino evitar que la crisis se convierta en un plebiscito diario.

Starmer logró estabilizarse por una razón fría: sus potenciales reemplazantes no parecen listos para asumir el costo de una ofensiva total. La unidad del gabinete y el respaldo de figuras relevantes dentro del partido funcionaron como dique de contención. Pero la escena dejó una evidencia: la autoridad quedó dañada, y la discusión dentro del Labour ya no es si hay desgaste, sino qué hacer con él.

Reino Unido 


El Reino Unido, compuesto por Inglaterra, Escocia, Gales e Irlanda del Norte, es una nación insular del noroeste de Europa. Inglaterra, la cuna de Shakespeare y The Beatles, tiene por capital a Londres, un centro de influencia económica y cultural a nivel mundial.

La tormenta Mandelson y el colapso del control político

El detonante fue el efecto acumulado de la controversia en torno a Peter Mandelson y el escándalo asociado a los archivos de Jeffrey Epstein, que golpeó el juicio político del primer ministro más que su biografía personal. La salida abrupta del embajador designado y el debate sobre la liberación de documentación alimentaron el relato de improvisación. En Westminster, ese tipo de error no se mide por la falta, sino por la sensación de vulnerabilidad que abre.

Al mismo tiempo, la crisis activó un comportamiento clásico del Labour: facciones y corrientes intentan capitalizar el momento sin romper del todo. El ala soft-left pidió reordenamiento interno y un cambio de tono, mientras voces territoriales tensaron la cuerda con pedidos de renuncia. La consecuencia inmediata es que Starmer gobierna con un margen más estrecho: cada decisión queda filtrada por la pregunta de si fortalece o debilita su control.


Starmer evita el desafío inmediato, pero la crisis deja al Labour fragmentado y en alerta.

El costo real: una ventana corta para resetear el gobierno

Aunque el desafío formal se evitó, el daño está en el calendario: Starmer tiene un período breve para recomponer equipo, disciplinar comunicación y rearmar prioridades. El pedido de un “reshuffle” no es cosmético; es una forma de medir quién manda y quién entra al núcleo decisor. Si la recomposición falla, la crisis reaparece como dinámica, no como evento.


Compra tiempo en Westminster, aunque el daño interno condiciona la agenda del gobierno.

La lectura estructural es más dura: el gobierno necesita mostrar ejecución en economía, servicios y costo de vida, pero el sistema político lo empuja a discutir liderazgo. Esa contradicción alimenta a rivales internos que hoy esperan, no atacan. Starmer sobrevivió al día, pero el episodio fijó una regla: cualquier error futuro tendrá precio doble, porque ya no existe el beneficio de la duda.