El Día Mundial de la Mujer Médica se conmemora cada 11 de febrero en homenaje a Elizabeth Blackwell, la primera mujer en obtener un título de medicina en Estados Unidos, en 1849. No fue un gesto simbólico: fue una anomalía histórica. En un mundo diseñado por y para varones, Blackwell se abrió paso a fuerza de rechazo institucional, burlas académicas y una obstinación poco compatible con la época.

Desde entonces pasó más de un siglo y medio. Las mujeres hoy llenan aulas, guardias y residencias. Pero la fecha no celebra una victoria cerrada: funciona más bien como recordatorio incómodo de lo que cambió y de lo que todavía no.
En gran parte del mundo, las mujeres son mayoría entre quienes estudian medicina. En países de América Latina, incluida la Argentina, superan el 60% del estudiantado en las facultades. El problema empieza después: menos cargos jerárquicos, menor presencia en especialidades históricamente masculinizadas y una brecha salarial estructural.

Las médicas trabajan, en promedio, más horas no remuneradas que sus colegas varones, sobre todo por tareas de cuidado. El resultado es un combo clásico: mismas responsabilidades clínicas, menos reconocimiento institucional y salarios más bajos.
Las cifras se repiten con precisión quirúrgica. A mayor jerarquía, menor presencia femenina. Direcciones hospitalarias, jefaturas de servicio, decanatos y espacios de decisión siguen dominados por hombres, incluso en sistemas donde las mujeres sostienen la mayor parte de la atención diaria.
A esto se suman problemas persistentes: violencia laboral, acoso, discriminación durante el embarazo y penalización implícita de la maternidad en la carrera profesional. Nada de eso figura en los manuales, pero se aprende rápido en la práctica.
El Día Mundial de la Mujer Médica es una fecha política. Sirve para visibilizar una paradoja: la medicina no podría funcionar sin mujeres, pero todavía no les devuelve en poder, salario y condiciones lo que ellas sostienen en silencio.
Reconocer a las mujeres médicas no es solo aplaudir vocaciones. Es discutir cómo se organiza el sistema de salud, quién decide, quién cobra más y quién paga los costos invisibles. Elizabeth Blackwell abrió una puerta. El problema es que, más de 170 años después, todavía no la terminaron de abrir.