El 11 de febrero de 2011 marcó un antes y un después en la historia contemporánea de Egipto. Ese día, Hosni Mubarak presentó su renuncia a la presidencia tras casi tres décadas en el poder, poniendo fin a uno de los regímenes más longevos y autoritarios del mundo árabe. El anuncio fue leído por el entonces vicepresidente Omar Suleimán y desató celebraciones multitudinarias en la Plaza Tahrir, epicentro de la protesta.

La dimisión fue el desenlace de una crisis social profunda que estalló el 25 de enero de ese año. Inspiradas por la Revolución Tunecina, millones de personas (jóvenes, trabajadores, profesionales y sectores históricamente marginados) salieron a las calles para exigir reformas políticas, justicia social y el fin de la corrupción estructural.

Durante 18 días, Egipto vivió una movilización inédita. Las protestas se mantuvieron pese a la represión policial, los cortes de internet y los intentos del Gobierno por contener el conflicto con concesiones parciales. Mubarak anunció que no se presentaría a una nueva reelección, pero la calle ya no negociaba: exigía su salida inmediata.

El apoyo de las Fuerzas Armadas fue clave. A medida que el Ejército evitó reprimir de forma masiva y se posicionó como árbitro del conflicto, el margen de maniobra del presidente se redujo drásticamente. El Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas terminó asumiendo el poder tras la renuncia.
La presión externa aceleró el desenlace. Estados Unidos, la Unión Europea y organismos internacionales comenzaron a pedir una transición ordenada y creíble, marcando distancia de un aliado estratégico que había perdido legitimidad interna. El mensaje fue claro: el statu quo ya no era sostenible.
La caída de Mubarak se convirtió en un símbolo de la Primavera Árabe. Su renuncia alimentó protestas y procesos de cambio en otros países de la región, desde Libia hasta Siria, con resultados diversos y, en muchos casos, trágicos. No fue un final feliz garantizado, pero sí el inicio de una nueva etapa.

El expresidente dejó un país atravesado por profundas desigualdades, con una economía tensionada y un sistema político sin canales reales de participación. La transición posterior estuvo marcada por inestabilidad, elecciones, retrocesos democráticos y un regreso del poder militar bajo nuevas formas.
Aun así, el 11 de febrero de 2011 quedó grabado como el día en que la sociedad egipcia logró derribar a un líder que parecía inamovible. Una fecha que recordó con crudeza que ningún poder es eterno cuando el pueblo decide lo contrario.