La política arancelaria de Estados Unidos volvió al centro de la escena tras las declaraciones del presidente Donald Trump sobre su intercambio telefónico con la entonces presidenta de la Confederación Suiza. Según relató en una entrevista televisiva, Washington había fijado inicialmente un arancel del 30% a ciertos productos suizos, pero decidió elevarlo al 39% tras una conversación que consideró “muy agresiva”. El episodio puso de relieve la dimensión personal que puede adquirir la diplomacia comercial en el actual escenario internacional.
La medida se enmarca en una estrategia más amplia de tarifas recíprocas impulsada por la administración estadounidense, orientada a reducir déficits comerciales y forzar concesiones en materia de acceso a mercados. Bajo ese esquema, Suiza —una economía altamente exportadora en sectores como farmacéutica, maquinaria y relojería— quedó sujeta a una de las tasas más elevadas aplicadas por Washington en ese ciclo de medidas.
En Berna, la decisión generó preocupación entre autoridades y empresarios. El comercio bilateral entre ambos países es significativo, con inversiones cruzadas y cadenas de valor integradas. La aplicación de aranceles cercanos al 40% implica costos adicionales que pueden afectar competitividad, empleo y planificación industrial.
Las autoridades suizas optaron por abrir canales de negociación en lugar de escalar el conflicto. El gobierno helvético enfatizó la importancia de mantener relaciones económicas estables con Estados Unidos, uno de sus principales socios comerciales fuera de la Unión Europea.
🔴 Donald Trump:
— Universal News (@universalnewsx) February 11, 2026
“Switzerland wasn’t paying tariffs and we had a $42 billion trade deficit.
So I imposed a 30% tariff on them.
Then I received an urgent call from the Swiss president.
I didn’t like the way she spoke, so instead of lowering it, I raised the tariff to 39%.” pic.twitter.com/qDUL3cMlc3
Semanas después del anuncio inicial, ambas partes avanzaron en conversaciones que derivaron en un ajuste de la tasa arancelaria hacia niveles más bajos, en torno al 15%, condicionado a compromisos de inversión y cooperación económica. La reducción mostró que, pese a la retórica confrontativa, existe margen para acuerdos pragmáticos.

El episodio ilustra cómo la política comercial contemporánea combina elementos estructurales —déficit, industria, cadenas globales— con dinámicas personales y simbólicas propias del liderazgo político. En un contexto de competencia geoeconómica creciente, los aranceles no solo funcionan como herramienta económica, sino también como instrumento de presión diplomática.