12/02/2026 - Edición Nº1101

Cultura


RockPolitik

Gustavo Sala: “El humor tiene que ser gracioso primero; después, si molesta, mejor”

12/02/2026 | Gustavo Sala repasa más de dos décadas de trabajo, sus obsesiones creativas y su mirada sobre la cultura pop argentina.



Gustavo Sala no se presenta: se reconoce. Su trazo, su humor incómodo y su obsesión con el rock lo convirtieron en una figura central del humor gráfico argentino desde hace más de veinte años. En una nueva sesión de RockPolitik con Juan Provéndola, el autor de Bife Angosto, Buenos Aires en Pelotas y Desgracias Totales reflexiona sobre el oficio, el paso del tiempo y la necesidad de seguir incomodando.

“El lugar del dibujante suele ser solitario. Por eso estas charlas están buenas: salir del tablero, que se te vea la cara”, admite. Pero enseguida aclara el núcleo de su poética: “Lo más difícil del humor es ser gracioso. Después, si además podés decir algo, opinar o molestar, mejor”.

Humor, rock y una mirada entrenada

Desde hace dos décadas, Sala publica semanalmente en el suplemento de Página/12. El rock funciona como excusa, pero también como ecosistema cultural: “Festivales, plataformas, trap, escenas nuevas, todo genera material. Yo trato de afinar la mirada todo el tiempo”.

Aunque reconoce que hoy hay menos espacios estables para la viñeta gráfica, sostiene que el dibujo sigue apareciendo “en tapas de discos, flyers, libros o redes”. Eso sí: con una advertencia clara y filosa: “Las redes no pagan. Ni Instagram ni el crimen”.

Libros, papel y relectura

Con más de veinte libros publicados, Sala defiende el objeto libro como experiencia cultural: “Todavía nos gusta tenerlo en la mano, oler la tinta. Es un ritual narcótico”.

Pero no cualquier libro de humor funciona:

“Un chiste se agota rápido. Por eso me interesa que haya densidad, que dentro de diez años todavía se banque una relectura”.

Esa idea atraviesa títulos como Buenos Aires en Pelotas, una mirada cruel y amorosa sobre la cultura porteña, o Desgracias Totales, donde cruza música y sátira con prólogo de Andrés Calamaro. “Es un universo que no se agota nunca”, dice sobre el rock.

Su libro más reciente, Capitán Barato, lo obligó a trabajar dentro de un universo preexistente“Fue raro y estimulante: agarrar personajes ajenos y hacerlos pasar por mi filtro. Una parodia del superhéroe, pero con idiosincrasia argentina”.

El resultado: una sátira política, cultural y económica donde el heroísmo es, básicamente, sobrevivir.

Niños, talleres y oscuridad

Contra todo prejuicio, el artista asegura que disfruta especialmente trabajar con público infantil. Lejos de una mirada edulcorada, sostiene que ahí aparece un territorio creativo mucho más crudo y libre:

“La verdadera oscuridad está en los niños. Son salvajes, delirantes y cero prejuicio”.

Durante el verano dicta talleres de humor e historieta tanto en Buenos Aires como en La Plata, con una lógica más cercana al juego que a la academia. “La idea es abrir el juego, improvisar, perder el pudor. Que pase algo colectivo”, explica, convencido de que el humor también se construye en grupo y desde el caos.

Música: Fiambre Moderno y canciones sin instrumento

Además de dibujante, Sala desarrolla desde hace años un recorrido musical paralelo. Con Electrochongo lidera Fiambre Moderno, un proyecto de electropop oscuro, irónico y deliberadamente incómodo, donde el humor vuelve a funcionar como eje narrativo.

Su método de composición es tan poco ortodoxo como su obra gráfica:

“Compongo sin instrumento, en la calle. Todo es intuición”.

El disco Demasiado viejos para el pop funciona también como una declaración de principios generacional. “En el rock las arrugas suman. En el pop parece que estorban”, lanza Sala, con una frase que resume su vínculo con la música y el paso del tiempo.

Una gran verdad

Sala confiesa una admiración profunda por Uruguay, tanto por su producción cultural como por su forma de habitar lo cotidiano. Jaime Roos, Mario Levrero y el fenómeno Tiranos Temblad aparecen como puertas de entrada a un universo que siente más auténtico.

“Montevideo tiene algo que Buenos Aires perdió: menos impostura, más verdad”, sostiene, marcando una diferencia que no es solo estética, sino también cultural y emocional.

Fiel a su mirada filosa, remata con una observación tan mínima como lapidaria: “Cuando limpian los baños, ponen dicroicas y te tratan bien… ahí el bar murió”. Humor, diagnóstico y epitafio en una sola frase.