No se trata solo de lluvia y viento. La sucesión de sistemas atlánticos que golpea a la península ibérica expone una vulnerabilidad creciente en rutas, diques, aeropuertos y servicios esenciales. España y Portugal atraviesan días de fuerte inestabilidad que ya dejaron heridos, miles de evacuados y daños estructurales de consideración.
En el norte español, varias comunidades activaron el nivel máximo de vigilancia ante ráfagas superiores a los 100 kilómetros por hora y un oleaje que alcanzó los nueve metros en zonas costeras. En Cataluña, la caída de árboles obligó a suspender clases y actividades deportivas, mientras que los servicios de emergencia recomendaron permanecer en los hogares. Más de un centenar de vuelos fueron cancelados en Barcelona por condiciones adversas, generando demoras y reprogramaciones.
Pero uno de los hechos más impactantes ocurrió en Portugal: parte de la autopista A1, corredor clave entre el norte y el sur del país, cedió cerca de Coimbra luego de que un dique colapsara por la presión del agua acumulada. La imagen del asfalto hundido dejó en evidencia el impacto acumulativo de las precipitaciones sobre infraestructuras estratégicas. Las autoridades estiman que la reconstrucción demandará semanas.
En paralelo, unas 3.000 personas fueron evacuadas preventivamente en el norte portugués. El embalse de Aguieira, en el río Mondego, alcanzó niveles cercanos a su capacidad máxima, aumentando el riesgo de inundaciones aguas abajo si se incrementan los vertidos.
Detrás de este escenario aparece un fenómeno meteorológico cada vez más mencionado: el llamado “río atmosférico”. Se trata de una franja extensa de vapor de agua que se desplaza desde regiones tropicales hacia Europa y que, al interactuar con sistemas de baja presión, descarga lluvias intensas en poco tiempo. Este tipo de eventos ha estado presente en algunos de los episodios más severos de precipitaciones registrados en Europa occidental durante la última década.
España ya contabiliza varias borrascas significativas en lo que va del año, una frecuencia que especialistas vinculan con patrones climáticos más inestables. En los últimos años, tanto la vertiente atlántica como la mediterránea han sufrido inundaciones récord, con impactos económicos y sociales cada vez más visibles.

Más allá del fenómeno puntual, el episodio actual reabre el debate sobre la resiliencia de las infraestructuras frente a eventos extremos. Carreteras anegadas, sistemas de drenaje saturados y cortes en el transporte evidencian que el desafío no es únicamente meteorológico, sino también estructural.
Aunque los pronósticos anticipan una mejora gradual, las autoridades mantienen la vigilancia activa y recomiendan evitar desplazamientos innecesarios. La región enfrenta no solo una tormenta pasajera, sino una prueba sobre su capacidad de adaptación ante fenómenos que, según los expertos, podrían volverse más frecuentes e intensos en los próximos años.