En febrero de 1945, la Segunda Guerra Mundial estaba entrando en su tramo final. Alemania, gobernada por el régimen nazi de Adolf Hitler, retrocedía en todos los frentes. Desde el oeste avanzaban tropas británicas y estadounidenses; desde el este lo hacía el Ejército Rojo soviético. Berlín estaba cada vez más cerca de caer.
En ese contexto, los Aliados habían adoptado una estrategia clara: debilitar la infraestructura alemana mediante bombardeos masivos sobre ciudades industriales y centros de transporte. La idea era cortar suministros, quebrar la logística militar y acelerar el colapso del régimen.
Dresde, ubicada en el este de Alemania, no era la capital ni el principal polo industrial, pero sí un importante nudo ferroviario que conectaba frentes de combate. Además, albergaba fábricas vinculadas al esfuerzo bélico y era paso de tropas que intentaban reorganizarse ante el avance soviético.
La noche del 13 al 14 de febrero de 1945, cientos de bombarderos británicos lanzaron una primera oleada de explosivos e incendiarios. Horas después, aviones estadounidenses realizaron nuevos ataques. La combinación generó una tormenta de fuego: los incendios consumieron el oxígeno, provocaron temperaturas extremas y arrasaron barrios enteros.
Para entender la magnitud, hay que recordar que muchas ciudades europeas ya habían sido bombardeadas durante la guerra, incluida Londres por la aviación alemana. La guerra aérea se había convertido en una práctica habitual y devastadora. Sin embargo, el caso de Dresde generó especial controversia porque el conflicto estaba prácticamente definido y la ciudad tenía un enorme valor cultural.
Dresde era conocida como la “Florencia del Elba” por su arquitectura barroca, sus museos y su patrimonio artístico. Monumentos como la iglesia Frauenkirche quedaron reducidos a escombros. Las estimaciones actuales hablan de alrededor de 25 mil muertos, aunque durante años se difundieron cifras mucho mayores.

La pregunta que persiste es si el bombardeo fue militarmente necesario o si constituyó un uso desproporcionado de la fuerza cuando la derrota alemana era inminente. Para algunos historiadores, el objetivo era facilitar el avance soviético y desorganizar la retirada alemana. Para otros, fue una demostración de poder en la recta final del conflicto.
Tras la guerra, Dresde quedó dentro de la Alemania Oriental, bajo influencia soviética. La Frauenkirche permaneció en ruinas como símbolo del desastre hasta después de la reunificación alemana, cuando comenzó su reconstrucción como gesto de memoria y reconciliación. Cada 14 de febrero, mientras en muchos países se celebra el Día de San Valentín, en Dresde se recuerda a las víctimas de aquella noche que cambió para siempre el perfil de la ciudad y dejó una discusión abierta sobre los límites de la guerra.