La estrategia delineada por el secretario de Estado Marco Rubio para Venezuela propone una secuencia clara: primero estabilización, luego recuperación económica y finalmente transición política. Este orden no es arbitrario ni meramente táctico; responde a una lectura estructural de crisis prolongadas donde la ausencia de estabilidad previa ha convertido intentos de transición en episodios fallidos o regresivos. En un país que atraviesa más de una década de deterioro institucional y colapso productivo, la prioridad no puede ser el reemplazo inmediato de poder sin condiciones materiales que lo sostengan.
La estabilización implica garantizar mínimos de funcionamiento estatal, control territorial, flujo energético y reducción del riesgo de implosión institucional. Sin ese piso, cualquier transición corre el riesgo de convertirse en vacío de poder. Las experiencias comparadas demuestran que cuando el cambio político precede a la estabilización económica y administrativa, la probabilidad de fragmentación aumenta.
El intento de forzar transiciones rápidas en contextos frágiles ha dejado antecedentes problemáticos. En escenarios donde la sustitución política ocurrió sin una base económica sólida ni arquitectura institucional funcional, emergieron dinámicas de conflicto, polarización y debilitamiento del Estado. La eliminación de un liderazgo sin garantizar continuidad administrativa o sostenibilidad fiscal generó, en múltiples casos, ciclos de inestabilidad prolongada.
La propia experiencia venezolana muestra que intentos abruptos de quiebre político sin control efectivo del aparato estatal ni respaldo económico integral no lograron consolidarse. Sin estabilidad estructural, la transición queda expuesta a presiones internas y externas que pueden neutralizarla o revertirla.

El segundo paso -prosperidad y reactivación productiva- no es accesorio, sino estratégico. Un país con crecimiento, inversión energética, liquidez y mejora en servicios básicos construye legitimidad social. La estabilidad económica reduce incentivos para la confrontación y crea un entorno donde el debate político puede desarrollarse sin urgencia existencial.
Solo tras estabilizar y recuperar, la transición adquiere viabilidad real. Elecciones, reformas institucionales y alternancia requieren condiciones de previsibilidad. La secuencia planteada por Washington reconoce que la gobernabilidad sostenible no nace del reemplazo inmediato, sino de la consolidación previa de bases materiales y administrativas.

Más que una concesión ideológica, el enfoque gradual representa una adaptación a lecciones acumuladas en política exterior. Apostar por estabilidad, luego prosperidad y finalmente transición no implica renunciar al cambio, sino aumentar la probabilidad de que ese cambio sea duradero y no derive en un nuevo ciclo de crisis.
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— Embajada de los EE.UU., Venezuela (@usembassyve) February 13, 2026