Hay palabras que describen y palabras que organizan el mundo. “Latinoamérica” pertenece a la segunda categoría. No nació como un gesto poético ni como una revelación identitaria, sino como una herramienta geopolítica en un momento muy preciso del siglo XIX.
Francia, bajo el Segundo Imperio de Napoleón III, buscaba redefinir su lugar en el escenario internacional. Gran Bretaña dominaba los mares, Estados Unidos consolidaba su influencia en el hemisferio occidental y España, aunque en decadencia como potencia, había dejado en América una estructura cultural sólida; lengua, derecho, religión, élites formadas en una misma tradición. Francia carecía de esa historia en el continente. Su presencia colonial había sido marginal y tardía. Pero podía ofrecer una narrativa alternativa.
La idea de la “raza latina” permitió a París presentarse como cabeza de una comunidad civilizatoria que unía a los pueblos del sur de Europa con las repúblicas americanas. No era solo una categoría cultural; era una construcción estratégica para disputar influencia frente al mundo anglosajón. La intervención francesa en México entre 1862 y 1867, que culminó con la instalación de Maximiliano de Habsburgo como emperador, fue acompañada por ese marco conceptual. El discurso oficial no hablaba de invasión sino de afinidad, de orden, de misión compartida. Nombrar a América como “latina” permitía reordenar simbólicamente el tablero hemisférico.
Hasta entonces, la denominación más extendida había sido Hispanoamérica, un término más específico que remitía a una herencia histórica concreta. No era una categoría sentimental sino descriptiva, reconocía un origen común en la experiencia colonial española, con sus instituciones, conflictos y guerras de independencia. La noción de Latinoamérica, en cambio, ampliaba el mapa y desplazaba el eje español hacia una latinidad más abstracta, útil para construir alianzas simbólicas en un contexto de competencia entre potencias.
Ese desplazamiento respondió a intereses políticos, aunque con el tiempo el término adquirió vida propia. Durante el siglo XX fue resignificado por movimientos antiimperialistas, por corrientes intelectuales críticas y por proyectos de integración regional que lo convirtieron en bandera de autonomía frente a Estados Unidos. La palabra que había servido para justificar una expansión europea pasó a ser utilizada para cuestionar la hegemonía norteamericana.
La consecuencia es que hoy el concepto arrastra esa ambigüedad de origen. “Latinoamérica” no designa una realidad fija sino un campo de disputa histórica. Cada época la llenó de contenido según sus necesidades y cada actor la invoca con un propósito distinto. La discusión sobre cómo nos nombramos no es meramente terminológica, revela qué tradición asumimos y qué proyecto imaginamos.

Si el concepto nació en una disputa entre imperios europeos y luego fue resignificado en clave antiimperial, hoy vuelve a tensionarse en un terreno distinto, el mercado cultural global.
En el siglo XXI, “latino” dejó de ser solamente una categoría geopolítica o intelectual para convertirse en un segmento demográfico y en una etiqueta comercial. En Estados Unidos, el término se asocia de manera casi automática con el universo “Hispanic”. Población de origen latinoamericano residente en territorio norteamericano, principalmente caribeña y centroamericana. La palabra ya no organiza un mapa de repúblicas sino un mercado.
Ahí la pregunta se vuelve incómoda: ¿qué entiende la industria por “latino”?
En el imaginario mainstream, lo latino suele ser caribeño, urbano, musical, rítmico, bilingüe. Es reggaetón, salsa, bachata, pop con acento. Es Miami. Es el Bronx. Es el sur de Florida. Lo latino es aquello que encaja en una identidad reconocible dentro de la cultura estadounidense, un híbrido que dialoga con el inglés pero conserva un componente hispano como marca distintiva.
Pero esa construcción deja zonas en sombra. ¿Es lo mismo latino que caribeño? ¿Es lo mismo latino que migrante hispanohablante en Estados Unidos? ¿Ser del Paraná o del Río de la Plata nos ubica en la misma categoría simbólica que ser de San Juan o de Santo Domingo? ¿O el término se tropicaliza a medida que se vuelve exportable?
El caso de Bad Bunny sintetiza esa tensión. Es presentado como ícono latino global, como símbolo de orgullo cultural y como figura crítica frente a la retórica antiinmigrante de Donald Trump. En el escenario estadounidense encarna una latinidad afirmativa, desafiante y políticamente consciente. Sin embargo, su lugar de origen, Puerto Rico, introduce una complejidad adicional.
Puerto Rico no es un país latinoamericano independiente. Es un territorio no incorporado de Estados Unidos. Sus habitantes son ciudadanos estadounidenses pero no votan presidente. La isla participa de la cultura política continental sin poder intervenir plenamente en su resultado. Esa condición ambigua -ni estado ni nación soberana- atraviesa su identidad.
En las últimas elecciones locales, la gobernación quedó en manos de Jenniffer González, dirigente del “Partido Nuevo Progresista”, alineada con el Partido Republicano nacional y cercana políticamente al universo trumpista en términos electorales. Durante la campaña defendió la relación estratégica con Washington y sostuvo que la interlocución con un eventual gobierno republicano sería clave para los intereses de la isla. Es decir, mientras un ícono cultural puertorriqueño es celebrado como voz crítica frente al trumpismo, una parte significativa del electorado boricua eligió una dirigente asociada a ese espacio político.
La paradoja no invalida ninguna de las dos realidades, pero expone la fragilidad de las categorías. La identidad cultural no se traduce automáticamente en comportamiento electoral. La etiqueta “latina” no define una posición política uniforme. La isla que aporta uno de los símbolos culturales más visibles del orgullo latino en Estados Unidos también expresa, en sus urnas locales, una relación pragmática y compleja con el poder federal.
Esto obliga a repensar el término más allá de la industria y más allá del romanticismo. Cuando el mercado habla de “orgullo latino”, ¿se refiere a una comunidad histórica o a un target? Cuando un artista es elevado como voz continental, ¿estamos ante una identidad compartida o ante una proyección mediática útil?
La discusión vuelve así al punto de partida, las palabras no solo describen, organizan expectativas. “Latinoamérica” fue en su origen un concepto estratégico. Luego se transformó en bandera política. Hoy también funciona como categoría cultural y comercial. Cada uso desplaza el sentido anterior sin anularlo del todo.
Por eso la pregunta sobre si somos latinoamericanos o hispanoamericanos no puede resolverse con una corrección terminológica. Lo que está en juego no es solo una etiqueta, sino la interpretación de nuestra historia y la forma en que nos ubicamos en el mundo.

Volver sobre la historia del término no implica nostalgia ni purismo. No se trata de reemplazar una palabra por otra como si corrigiéramos un error técnico o de la historia. Tampoco de negar que, con el paso del tiempo, “Latinoamérica” haya adquirido densidad propia y haya sido apropiada con sentidos emancipadores.
Pero sí conviene advertir que las palabras nunca son inocentes. Nombrar es seleccionar una genealogía y, al mismo tiempo, proyectar un horizonte. “Hispanoamérica” remite a una herencia histórica concreta, con sus luces y sombras. “Latinoamérica” propone una pertenencia más amplia, más flexible, capaz de adaptarse a distintos contextos y disputas.
Esa flexibilidad explica su éxito. Puede funcionar como categoría académica, como consigna política, como identidad cultural y como etiqueta comercial. Puede servir para oponerse a Washington o para vender entradas en el Super Bowl. Puede ser bandera de integración regional o segmento de mercado.
El problema aparece cuando olvidamos su origen y naturalizamos su uso como si se tratara de una evidencia geográfica indiscutible. Ninguna palabra que nació en una disputa entre imperios es neutral. Tampoco lo es cuando la redefine la industria cultural.
Tal vez la discusión no consista en decidir si somos más latinos o más hispanoamericanos. Tal vez la pregunta más honesta sea otra ¿Quién define hoy qué significa ser “latino” y con qué finalidad? Porque si una vez más, la identidad termina reducida a una categoría de marketing o a una simplificación ideológica, entonces la palabra deja de nombrarnos y empieza a administrarnos. Y en esa diferencia -entre nombrar y administrar- se juega algo más que un debate semántico.