Europa atraviesa un momento que muchos dirigentes describen como bisagra. Durante más de siete décadas, la seguridad del continente estuvo anclada en una certeza: el respaldo militar de Estados Unidos a través de la Organización del Tratado del Atlántico Norte. Hoy esa base no desapareció, pero dejó de sentirse inamovible.
En la última Conferencia de Seguridad de Múnich, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, admitió que el vínculo transatlántico atraviesa un cambio profundo. Sus palabras reflejaron una percepción compartida por varios gobiernos: algunas decisiones recientes modificaron el equilibrio estratégico y obligan a pensar en nuevos escenarios.
El regreso de Donald Trump a la Casa Blanca intensificó esas dudas. Su insistencia en incorporar Groenlandia, territorio autónomo bajo soberanía danesa con enorme valor geopolítico por su posición en el Ártico y sus recursos estratégicos, fue interpretada en Europa como algo más que una declaración provocadora. Para varios líderes, ese planteo puso en cuestión prioridades y compromisos históricos.
En el mismo foro, el secretario de Estado estadounidense Marco Rubio sostuvo que Washington desea cooperar con Europa, pero evitó referencias claras a la OTAN o a la guerra en Ucrania. En un contexto en el que Rusia mantiene su ofensiva y la guerra se acerca a su quinto año, esas omisiones no pasaron desapercibidas.

La alianza atlántica nació en 1949 como escudo frente a la expansión soviética. Tras la caída del Muro de Berlín y la disolución de la Unión Soviética, muchos países europeos redujeron su gasto militar bajo la idea de que el conflicto a gran escala era improbable. Esa lógica cambió en 2022 con la invasión rusa a Ucrania.
Desde entonces, el temor a Moscú volvió al centro de la agenda. Sin embargo, la guerra también evidenció una dependencia estructural de Europa respecto de Estados Unidos en áreas clave como inteligencia, logística y sistemas avanzados de defensa.
Ante ese panorama, líderes como el canciller alemán Friedrich Merz, el presidente francés Emmanuel Macron y el primer ministro británico Keir Starmer coincidieron en la necesidad de fortalecer lo que llaman un pilar europeo dentro de la alianza. La fórmula implica continuar en la OTAN, pero con mayor capacidad propia para actuar incluso si el respaldo estadounidense se debilita.

El giro ya se refleja en los números. El gasto en defensa del continente aumentó cerca de un 80% desde el inicio de la guerra en Ucrania. Los países miembros acordaron elevar el objetivo mínimo de inversión al 3,5% del producto interno bruto, junto con un 1,5% adicional destinado a infraestructura y seguridad ampliada.
También avanzan programas industriales conjuntos. Francia, Alemania, Italia, Polonia y Suecia impulsan el proyecto ELSA para desarrollar misiles de largo alcance. En paralelo, distintos grupos de países coordinan iniciativas de defensa contra misiles balísticos y producción de municiones.
No obstante, la integración no está exenta de tensiones. El proyecto FCAS, diseñado para crear un sistema aéreo de combate de nueva generación entre Francia, Alemania y España, enfrenta desacuerdos sobre la distribución de tareas industriales. Además, persiste el debate sobre si los contratos deben reservarse exclusivamente a empresas del bloque o abrirse a proveedores externos.

Uno de los temas más sensibles es la disuasión nuclear. Francia es la única potencia de la Unión Europea con un arsenal plenamente independiente. El Reino Unido mantiene capacidad nuclear, aunque su sistema depende en parte de tecnología estadounidense. En este contexto, Alemania inició conversaciones con París para explorar una posible ampliación de la cobertura disuasiva francesa, un debate que hasta hace poco parecía improbable.
Mientras tanto, el presidente ucraniano Volodymyr Zelenski recordó en Múnich la magnitud del conflicto: miles de ataques con drones y centenares de misiles en pocas semanas. Su advertencia fue clara. La tecnología militar evoluciona más rápido que las decisiones políticas.
Europa se enfrenta así a una transformación estratégica. No se trata solo de aumentar presupuestos, sino de convertir compromisos en capacidades reales. La pregunta que sobrevuela el continente no es únicamente si Estados Unidos seguirá siendo un aliado firme, sino si Europa podrá garantizar su propia seguridad en un entorno internacional cada vez más inestable.