A comienzos del siglo XX, el mapa de Europa del Este estaba lejos de ser estable. Grandes imperios multinacionales dominaban extensos territorios y las identidades nacionales convivían bajo estructuras políticas que empezaban a mostrar signos de agotamiento. En ese escenario de tensiones acumuladas, guerras y revoluciones, Estonia comenzó a trazar el camino que la llevaría a convertirse en un Estado independiente.
Hasta 1917, el territorio estonio formaba parte del Imperio ruso. La Primera Guerra Mundial alteró profundamente ese equilibrio. El conflicto debilitó a las potencias imperiales y, en Rusia, la Revolución de febrero provocó la caída del zar Nicolás II. El poder central quedó fragmentado y el control sobre las regiones periféricas se volvió incierto.
La inestabilidad abrió un espacio para que los movimientos nacionalistas estonios impulsaran una estructura política propia. Intelectuales, líderes políticos y representantes locales comenzaron a organizar instituciones autónomas con la idea de consolidar una administración independiente antes de que otra potencia ocupante impusiera su autoridad.
El contexto era particularmente complejo. Mientras Rusia atravesaba una transición revolucionaria que derivaría en el ascenso bolchevique, las tropas alemanas avanzaban en el frente oriental. El territorio báltico se convirtió en zona de disputa estratégica entre fuerzas en guerra. En ese vacío de poder, el 20 de febrero de 1918 dirigentes estonios conformaron un órgano provisional que asumió funciones ejecutivas y sentó las bases de la futura proclamación soberana en nombre del pueblo estonio.
Ese proceso desembocó en la declaración formal de independencia el 24 de febrero de 1918 en Tallin. Sin embargo, la autonomía recién proclamada no fue inmediatamente reconocida ni garantizada. Estonia debió enfrentar una guerra contra fuerzas bolcheviques que buscaban reincorporar la región a la naciente Rusia soviética. El conflicto se extendió hasta 1920, cuando el Tratado de Tartu reconoció oficialmente la soberanía estonia.

Durante el período de entreguerras, el país logró consolidar sus instituciones republicanas. No obstante, la estabilidad volvió a quebrarse en 1940, cuando la Unión Soviética ocupó el territorio en el marco de los acuerdos firmados entre Moscú y la Alemania nazi. La anexión soviética se prolongó por más de cinco décadas.
La independencia definitiva llegaría recién en 1991, tras el colapso de la Unión Soviética. Desde entonces, Estonia se integró a las principales estructuras occidentales: es miembro de la Unión Europea y de la Organización del Tratado del Atlántico Norte, y se posicionó como uno de los países más digitalizados del mundo.

La historia estonia ilustra cómo los pequeños Estados del Báltico quedaron atrapados, a lo largo del siglo XX, entre grandes potencias. También explica por qué hoy la región mantiene una sensibilidad particular frente a las tensiones con Rusia y prioriza su inserción en estructuras de seguridad europeas.
El proceso iniciado en febrero de 1918 no solo significó la creación de un nuevo Estado en el mapa europeo. Representó la afirmación de una identidad nacional en medio del derrumbe de imperios y del reordenamiento geopolítico que transformó el continente tras la Primera Guerra Mundial.