La Cámara de Diputados aprobó esta madrugada la reforma laboral y el oficialismo se llevó una victoria que venía trabajando desde el Senado con la lógica de la paciencia aritmética: quórum justo, negociación previa, cambios puntuales para no perder el control del recinto, y una votación en general que terminó 135 a 115, sin abstenciones. El proyecto, sin embargo, no quedó cerrado: como Diputados introdujo modificaciones, el texto vuelve al Senado para la sanción definitiva.
La discusión se ordenó alrededor de un punto que había empezado a trabar el trámite incluso antes de la sesión: el artículo 44, que habilitaba descuentos salariales ante licencias médicas por enfermedad o lesión. Ese artículo se cayó para destrabar apoyos y evitar que una cláusula demasiado áspera se llevara puesto el paquete entero. En política parlamentaria eso significa algo simple: el Gobierno aceptó pagar con un recorte de contenido para cobrar con una aprobación. En la madrugada, esa transacción salió. También dejó una marca: la reforma que se votó no es la que el Ejecutivo soñó redactar en soledad; es la que el Congreso estuvo dispuesto a convalidar.
La escena fue la esperable para una ley que toca el nervio del sistema productivo argentino. La CGT y los gremios volvieron a movilizar, el oficialismo se parapetó en el discurso de la modernización y la oposición -sobre todo Unión por la Patria y la izquierda- insistió en el diagnóstico contrario: precarización, abaratamiento del despido, debilitamiento sindical. En el medio, los bloques bisagra hicieron lo que siempre hacen cuando la política se vuelve economía: acomodaron el texto para poder votar sin incendiar sus propios territorios.
Hasta acá, el registro de la noticia. Lo que empieza ahora es otra cosa, más incómoda para el gobierno libertario porque ya no depende de un poroteo: depende de la realidad.
La reforma laboral fue presentada como llave de la competitividad. En su versión oficial, la Argentina está frenada por rigideces, litigiosidad, costos no salariales y un marco legal pensado para otro país. Con esa hipótesis, flexibilizar no sería un ajuste moral sobre el trabajador, sino una condición técnica para que aparezcan empresas, inversión y empleo formal. En esa promesa se juega la apuesta central: que el crecimiento venga por el lado de liberar el mercado de trabajo.
La pregunta que queda planteada -y que ahora ya no admite escapatorias- es si la flexibilización genera empleo en una economía que no termina de expandirse. La reforma, por sí sola, no crea demanda. Puede cambiar incentivos, abaratar riesgos, facilitar contrataciones, ordenar conflictos. Pero el empleo aparece cuando hay producción que vender, cuando hay crédito que circule, cuando hay consumo o exportaciones que tiren. Si la economía se queda plana, la reforma puede convertirse en una herramienta de reorganización interna de costos, no en una máquina de nuevos puestos de trabajo. En ese caso, el Gobierno habrá logrado su ley emblemática y habrá perdido el argumento de fondo.
Ahí entra la discusión mayor, la que el mileísmo prefiere narrar con palabras grandes: competitividad en un mundo de “libre comercio”. El problema es que la Argentina no compite en un vacío ideal; compite en una división internacional del trabajo donde los países protegen sectores, subsidian tecnología, fijan estándares y negocian ventajas. Aun si el Gobierno decide jugar a la apertura, necesita responder una pregunta incómoda: qué sectores van a sostener la rentabilidad argentina cuando se expone la economía a esa competencia.
La respuesta que circula en voz baja es bastante conocida: energía, minería, agro, algunos servicios basados en conocimiento, logística y, con suerte, ciertos nichos industriales que sobrevivan por productividad real y escala. Todo lo demás queda en una zona frágil. Y esa fragilidad es política además de económica, porque en la Argentina la industria no es un detalle: ordena empleo, sindicatos, territorios, votos, capacidad fiscal. Si la reforma laboral funciona como palanca para que esos sectores “rentables” contraten más y exporten más, el Gobierno va a decir que tenía razón. Si la reforma funciona como mecanismo de ajuste sin crecimiento, el argumento liberal se vuelve una promesa incumplida con consecuencias sociales rápidas.
Por eso esta votación tiene algo de punto de no retorno. El Gobierno logró su media sanción decisiva en Diputados y está a un paso de la ley definitiva cuando el Senado convalide los cambios. A partir de ahí, la discusión deja de ser “si el Congreso lo deja” y pasa a ser “si el modelo lo logra”. Con la reforma laboral, el mileísmo se regaló su propio examen. No tiene excusas. Ahora empieza la parte difícil: demostrar que el país se vuelve más competitivo sin romper su estructura social, y que la apertura no termina reduciendo a la Argentina a un puñado de enclaves rentables rodeados por un mercado de trabajo más barato y una economía que, aun así, no despega.