El 20 de febrero de 1547, en la imponente Abadía de Westminster, fue coronado Eduardo VI de Inglaterra. Tenía solo nueve años. Era hijo de Enrique VIII y de Jane Seymour, y heredaba una corona sacudida por tensiones religiosas, disputas dinásticas y un país en plena mutación espiritual.

Su llegada al trono no fue simplemente un relevo generacional. Fue el inicio de una etapa decisiva para la consolidación de las reformas protestantes que su padre había puesto en marcha al romper con Roma.
Por su corta edad, el poder efectivo quedó en manos de un Consejo de Regencia liderado inicialmente por su tío, Edward Seymour, duque de Somerset. Luego lo reemplazaría John Dudley, duque de Northumberland. Ambos impulsaron una agenda claramente protestante, aprovechando la legitimidad del joven monarca.
Durante su reinado se profundizó la separación de la Iglesia inglesa respecto de la autoridad papal y se avanzó hacia una doctrina más alineada con las corrientes reformistas del continente. No fue una transición suave: hubo resistencia interna y conflictos sociales derivados de los cambios religiosos y económicos.
Uno de los hitos más relevantes fue la introducción del Book of Common Prayer en 1549, promovido por el arzobispo Thomas Cranmer. El texto establecía una liturgia en inglés y sentaba bases teológicas más próximas al protestantismo que al catolicismo tradicional.

En 1552 se publicó una versión revisada, todavía más radical en su contenido doctrinal. Bajo el reinado de Eduardo VI, la Iglesia de Inglaterra se movió con decisión hacia una identidad protestante definida, alejándose de los elementos católicos que habían sobrevivido tras la ruptura política impulsada por Enrique VIII.
La salud de Eduardo VI fue frágil desde el inicio. Murió en 1553, con apenas 15 años, probablemente a causa de tuberculosis. Su muerte abrió una nueva crisis sucesoria que llevaría al trono primero a Lady Jane Grey (brevemente) y luego a su hermana María I, quien intentó restaurar el catolicismo.
A pesar de su corta vida, el impacto de su reinado fue decisivo. Bajo su nombre y autoridad se institucionalizaron reformas que no solo transformaron la Iglesia inglesa, sino que reconfiguraron la identidad religiosa y política del reino. A más de cuatro siglos, su coronación sigue siendo una fecha clave en la historia de la monarquía británica y de la Reforma en Europa.