Cada 21 de febrero el calendario internacional recuerda que la lengua no es solo un medio de comunicación, sino una estructura profunda de identidad colectiva. La fecha, impulsada por la UNESCO, pone en primer plano la relación entre idioma, memoria histórica y derechos culturales. En un mundo atravesado por la globalización tecnológica, la homogeneización lingüística avanza con rapidez, desplazando expresiones locales y formas tradicionales de transmisión del conocimiento.
La conmemoración remite a los hechos ocurridos en 1952 en Daca, cuando estudiantes fueron asesinados por reclamar el reconocimiento del bengalí como lengua oficial. Ese episodio se convirtió en símbolo de resistencia cultural y sentó las bases para que décadas después la comunidad internacional institucionalizara la jornada. La efeméride funciona así como recordatorio de que la lengua puede convertirse en territorio de disputa política cuando el poder estatal impone jerarquías idiomáticas.
El debate contemporáneo no se limita a la preservación simbólica de idiomas en riesgo. También involucra la estructura de los sistemas educativos y la manera en que estos reproducen o corrigen desigualdades. Diversos estudios advierten que niños que reciben enseñanza inicial en su lengua materna desarrollan mayores capacidades cognitivas y mejor integración escolar. Sin embargo, en numerosos países persiste la tendencia a priorizar lenguas dominantes por razones económicas o administrativas.
La tensión se intensifica en sociedades plurilingües donde las lenguas indígenas o minoritarias carecen de respaldo institucional suficiente. Allí, la pérdida lingüística no solo implica desaparición de vocabulario, sino erosión de cosmovisiones completas. Cada idioma contiene una forma específica de comprender el mundo, y su desaparición reduce la diversidad cultural global. La efeméride adquiere entonces un sentido estratégico: visibilizar que la política lingüística es también política de desarrollo.

El avance de plataformas digitales y algoritmos de traducción automática introduce un nuevo escenario. Aunque la tecnología facilita la comunicación global, también concentra visibilidad en un número reducido de idiomas con mayor presencia en internet. Esto genera un círculo de retroalimentación donde las lenguas menos representadas quedan relegadas del espacio digital. La brecha tecnológica se convierte así en brecha cultural, ampliando asimetrías históricas.

En este contexto, el Día Internacional de la Lengua Materna deja de ser una simple conmemoración y se transforma en advertencia. La defensa de la diversidad lingüística exige políticas públicas, inversión educativa y adaptación tecnológica inclusiva. No se trata solo de proteger el pasado, sino de garantizar que múltiples voces participen en la conversación global del futuro.