El 21 de febrero de 1848 se publicó en Londres un breve panfleto que alteraría de manera profunda la discusión política contemporánea. El Manifiesto Comunista apareció en un contexto europeo atravesado por crisis económicas, transformaciones industriales y tensiones sociales crecientes. Aunque su extensión era reducida, su ambición teórica era amplia: ofrecer una interpretación sistemática del conflicto entre clases como motor de la historia.
El documento no solo describía las condiciones materiales del siglo XIX, sino que proponía una lectura estructural del capitalismo emergente. En sus páginas se planteaba que la historia humana podía entenderse como una sucesión de enfrentamientos entre grupos con intereses económicos opuestos. La lucha de clases fue presentada como eje explicativo central, desplazando enfoques morales o meramente institucionales del análisis político.
El texto identificó en la expansión industrial una dinámica que transformaba todas las relaciones sociales. La burguesía, como clase dominante, aparecía caracterizada por su capacidad de revolucionar permanentemente los medios de producción. Al mismo tiempo, el proletariado era descrito como el sujeto colectivo destinado a disputar el control del sistema económico. Esta formulación convirtió al análisis económico en herramienta de movilización política.
Más allá de su tono programático, el documento ofrecía una crítica sistemática al orden liberal de su tiempo. Señalaba que la propiedad privada de los medios de producción concentraba poder y generaba desigualdades estructurales. El capitalismo era presentado como un sistema dinámico pero inherentemente conflictivo, cuya expansión global intensificaría las tensiones sociales en lugar de resolverlas.

A lo largo del siglo XX, el Manifiesto Comunista trascendió su contexto original y se convirtió en referencia obligada para movimientos obreros y revoluciones políticas. Diversos Estados adoptaron interpretaciones inspiradas en sus postulados, mientras otros lo consideraron un texto fundacional de ideologías adversarias. Su influencia se proyectó en debates académicos, estrategias partidarias y confrontaciones geopolíticas de escala global.

En la actualidad, el documento sigue siendo objeto de discusión crítica. Algunos lo valoran como análisis agudo de desigualdades persistentes, mientras otros cuestionan sus proyecciones históricas y sus aplicaciones políticas. Lo cierto es que su capacidad de interpelar las bases económicas del poder moderno permanece vigente, confirmando que aquella publicación de 1848 continúa influyendo en la conversación política contemporánea.