El 21 de febrero de 1965, Malcolm X fue asesinado en Nueva York mientras se disponía a pronunciar un discurso ante sus seguidores. El hecho conmocionó a Estados Unidos en un momento de alta tensión racial y redefinió el curso del movimiento por los derechos civiles. Su figura representaba una voz crítica frente al orden institucional y proponía una estrategia distinta a la integración gradual promovida por otros líderes.
La muerte del dirigente no solo eliminó a un orador influyente, sino que expuso las profundas divisiones internas dentro del activismo afroamericano. Malcolm X había evolucionado ideológicamente en los meses previos, distanciándose de posturas anteriores y ampliando su mirada hacia una dimensión internacional de la lucha contra el racismo. Su asesinato convirtió su trayectoria en símbolo de confrontación directa contra la supremacía blanca y la desigualdad estructural.
A diferencia de las corrientes que apostaban por la desobediencia civil no violenta, Malcolm X defendía el derecho a la autodefensa y cuestionaba la legitimidad moral del sistema que marginaba a la población negra. Su discurso articulaba identidad, dignidad y autonomía política en un contexto donde la segregación seguía marcando la vida cotidiana. Esa posición lo ubicó como referente de sectores que desconfiaban de las reformas graduales.
Con el tiempo, su pensamiento mostró matices que complejizaron su figura pública. Tras su peregrinación a La Meca, incorporó una visión más amplia sobre la solidaridad interracial y la dimensión global de los derechos humanos. La combinación entre firmeza retórica y revisión ideológica consolidó su imagen como líder en transformación, lo que amplificó el impacto simbólico de su muerte.

El asesinato de Malcolm X no detuvo el impulso del movimiento, pero sí alteró su equilibrio interno. La ausencia de su liderazgo abrió espacio para nuevas organizaciones y estrategias, algunas más radicalizadas y otras orientadas a la institucionalización. Su figura comenzó a ser reinterpretada tanto por militantes como por académicos, convirtiéndose en objeto de debate sobre métodos y objetivos de la lucha antirracista.

Hoy, más de medio siglo después, su legado continúa presente en discusiones sobre violencia policial, discriminación estructural y representación política. La efeméride del 21 de febrero funciona como recordatorio de que la igualdad racial en Estados Unidos fue conquistada en un escenario de conflicto profundo, donde las diferencias estratégicas marcaron el rumbo de la historia contemporánea.