La noche del 10 de febrero de 2010, en una casa del barrio porteño de Mataderos, Wanda Taddei sufrió un ataque que marcaría uno de los casos más emblemáticos de violencia de género en la Argentina. Tenía 29 años. Su pareja, Eduardo Vázquez, músico y exbaterista de Callejeros, la roció con alcohol y la prendió fuego tras una discusión.
La joven fue llevada primero al Hospital Santojanni y luego derivada al Instituto del Quemado, donde permaneció internada en estado crítico. Murió el 21 de febrero, once días después del ataque y como consecuencia de las gravísimas quemaduras.
El caso tuvo desde el inicio un fuerte impacto público, no solo por la crueldad del ataque, sino también por la figura del agresor, integrante de una banda atravesada por la tragedia de Cromañón. En junio de 2012, el Tribunal Oral en lo Criminal Nº20 condenó a Vázquez a 18 años de prisión por homicidio calificado por el vínculo, aunque consideró que el hecho había sido cometido en estado de emoción violenta.
Esa calificación fue apelada. En septiembre de 2013, la Cámara de Casación modificó el fallo, descartó el atenuante y agravó la pena a prisión perpetua. El tribunal entendió que el ataque no podía ser interpretado como un arrebato emocional que redujera la responsabilidad penal, sino como un acto de extrema violencia contra su pareja.

La condena se unificó con otras penas que el músico ya tenía, entre ellas la derivada de la tragedia de Cromañón. Desde entonces, permanece detenido.
El caso Wanda Taddei también dejó una huella más profunda. Su nombre quedó asociado a una modalidad de violencia particularmente brutal. Durante los años siguientes, distintos ataques con fuego contra mujeres fueron vinculados socialmente a ese antecedente, en un fenómeno que generó alarma y debates sobre la violencia machista.
En la actualidad, el expediente volvió al centro de la escena por la situación penitenciaria del condenado. Tras cumplir casi trece años de prisión bajo perpetua, su situación procesal ingresó en una etapa que, según la legislación de ejecución penal, podría habilitar beneficios progresivos, entre ellos eventuales salidas transitorias.
La familia de Wanda se opone firmemente a esa posibilidad. El planteo se basa en que el cumplimiento efectivo de la pena debe respetar los tiempos más extensos previstos por la ley, en especial en casos de delitos de extrema gravedad.

A dieciséis años del femicidio, el caso continúa siendo una referencia ineludible en la historia judicial argentina reciente. No solo por la condena, sino por el impacto que tuvo en la conciencia social sobre la violencia de género y en la forma en que la Justicia analiza este tipo de crímenes.