El 23 de febrero de 1869 nació en Pokróvskoye, Siberia, Grigori Yefímovich Rasputin, un campesino que terminaría convertido en uno de los personajes más controvertidos de la Rusia imperial. Su irrupción en la corte de los Romanov no fue producto de una carrera política convencional, sino de su reputación como místico y supuesto sanador. En un imperio atravesado por tensiones sociales y religiosas, su figura condensó superstición, poder y decadencia.
Rasputin alcanzó notoriedad cuando fue presentado ante la familia del zar Nicolás II, en un momento de especial vulnerabilidad para la monarquía. El heredero, el zarévich Alexéi, padecía hemofilia, una enfermedad que generaba episodios hemorrágicos potencialmente fatales. La emperatriz Alejandra Fiódorovna quedó convencida de que el místico tenía capacidad para aliviar los síntomas del niño, lo que consolidó su cercanía con el núcleo más íntimo del poder imperial.
Con el paso de los años, Rasputin dejó de ser solo un consejero espiritual y comenzó a incidir indirectamente en decisiones políticas y nombramientos ministeriales. Durante la Primera Guerra Mundial, cuando el zar asumió el mando del ejército y dejó a la emperatriz al frente de asuntos internos, la influencia del místico se volvió más visible y polémica. Sectores aristocráticos y políticos lo acusaban de manipular a la soberana y de contribuir al deterioro institucional.
Su figura fue explotada por la prensa y por opositores al régimen como símbolo de corrupción moral y decadencia del zarismo. Historias sobre excesos, intrigas y supuestas conductas escandalosas circularon ampliamente, alimentando la percepción de que el poder imperial estaba capturado por fuerzas oscuras e irracionales. Más allá de cuánto hubo de mito o exageración, el daño reputacional para la monarquía fue profundo.

El 30 de diciembre de 1916, un grupo de nobles encabezado por el príncipe Félix Yusúpov organizó su asesinato en San Petersburgo. Los conspiradores argumentaban que eliminarlo era una forma de salvar la legitimidad del trono. Sin embargo, el crimen no logró revertir la crisis estructural que atravesaba el imperio.

Pocos meses después, en 1917, estalló la Revolución Rusa y el régimen de los Romanov colapsó. Rasputin quedó en la memoria histórica como una figura ambigua: para algunos, un místico con influencia desmedida; para otros, un chivo expiatorio de un sistema agotado. Su nacimiento, recordado cada 23 de febrero, funciona como recordatorio de cómo la fragilidad política puede amplificarse cuando el poder pierde credibilidad pública.