La despedida no fue solo un mensaje. Fue una forma de nombrar el vacío. “Tan joven, llena de proyectos, de sueños, viviste la vida, pero te quedaba aún más por entregar”, escribió la madre de Thania Santillán en sus redes sociales, en un texto que rápidamente se convirtió en el retrato más crudo del dolor que dejó el femicidio.
La joven tenía 22 años y había viajado a Las Tinajas, en el departamento Moreno, para visitar a familiares. Allí fue asesinada de tres disparos por su pareja, Diego Salto, quien después se encerró en la casa y permaneció atrincherado durante horas con el cuerpo antes de entregarse a la Policía.

La publicación de su madre reconstruye, desde el lenguaje del duelo, la dimensión de una vida interrumpida. “Es tan difícil asumir, es difícil de explicar todo lo que se está viviendo, siempre, mi bebé hermosa. Es injusto lo que te pasó; Dios hará justicia, lo puedo asegurar”, escribió. La despedida termina con una promesa suspendida en el tiempo: “Descansa, mi amor, dulces sueños, hasta que Dios nos dé el privilegio de volvernos a encontrar”.
El mensaje no fue el único. En el perfil de la joven comenzaron a multiplicarse los comentarios de amigos, compañeros y docentes. “Que Dios te tenga en la gloria, amiga”, “cosa de no creer, tan bella” y “fuiste una excelente persona”, fueron algunas de las frases que aparecieron entre las publicaciones.

También la Escuela Normal Superior General Manuel Belgrano, donde Thania cursaba la Tecnicatura en Enfermería, expresó públicamente su dolor y acompañó a la familia. La joven se estaba formando para trabajar en el cuidado de otros, una vocación que quienes la conocían describen como parte de su identidad.
La causa judicial avanza mientras el acusado permanece detenido, imputado por femicidio. Pero en Las Tinajas, el proceso judicial convive con otra dimensión: la de la memoria inmediata, la que se escribe en mensajes, despedidas y recuerdos.