23/02/2026 - Edición Nº1112

Internacionales

Crisis institucional

El caso Andrés desata la mayor crisis real desde 1936 en Reino Unido

21/02/2026 | La investigación reabre el debate sobre legitimidad y vuelve a salpicar a Sarah Ferguson.



La situación que atraviesa la monarquía británica a raíz del caso de Andrés no se limita a un expediente en curso. Lo que está en juego es algo más profundo: la estabilidad simbólica de una institución que durante siglos construyó su legitimidad sobre la continuidad, la discreción y la distancia frente al poder político directo. La comparación con 1936, cuando el rey Eduardo VIII abdicó y provocó una crisis constitucional sin precedentes en el siglo XX, no responde a una exageración mediática sino a la magnitud del momento. En ambos casos, la Corona se vio obligada a enfrentar una tensión que trascendía lo personal y afectaba su arquitectura institucional.

A diferencia de aquel episodio histórico, el eje actual no es una decisión sentimental ni un conflicto religioso, sino un proceso judicial que involucra al hermano del monarca en ejercicio. Esa circunstancia altera un equilibrio delicado: la monarquía británica, aunque constitucional, forma parte del Estado y sus miembros que cumplen funciones públicas operan bajo una expectativa implícita de responsabilidad. Cuando uno de ellos queda bajo investigación por el uso de su rol oficial, la discusión deja de ser privada y se transforma en estructural.


La abdicación de Eduardo octavo en 1936 fue la última gran crisis que sacudió los cimientos de la monarquía británica.

Un debate sobre control y transparencia

Durante décadas, la actividad internacional de miembros no herederos de la familia real se sostuvo en convenciones más que en marcos regulatorios estrictos. El caso actual reabre una pregunta que en círculos académicos y parlamentarios ya se debatía de manera intermitente: qué grado de supervisión debe existir cuando un integrante de la Corona representa intereses nacionales en el extranjero.

Especialistas en derecho constitucional señalan que el Reino Unido, al no contar con una constitución escrita única, descansa en precedentes históricos y en la confianza pública. Esa confianza es el verdadero sostén del sistema. Si se erosiona, la estabilidad simbólica también se resiente. Por eso, más allá del resultado judicial, el episodio podría acelerar discusiones sobre transparencia, delimitación de funciones y mecanismos formales de rendición de cuentas.

El cuestionamiento no apunta solamente a conductas individuales, sino al modo en que la institución se adapta a estándares contemporáneos de escrutinio. En una era de acceso masivo a información, filtraciones digitales y archivos desclasificados, la opacidad tradicional ya no es sostenible como lo fue en el pasado.

El desafío para el reinado de Carlos III

El impacto alcanza directamente al rey Carlos III, no en términos legales, sino simbólicos. Su reinado aún transita una etapa de consolidación tras la muerte de la reina Isabel II, quien durante siete décadas encarnó una imagen de estabilidad casi inquebrantable. En ese contexto, que el investigado sea su propio hermano introduce una dimensión inevitablemente delicada.

Como jefe de Estado, Carlos III no puede interferir en una investigación judicial sin comprometer la independencia institucional. Al mismo tiempo, debe preservar la cohesión interna de la familia real y proteger la percepción pública de la Corona. Ese equilibrio explica el silencio estratégico del Palacio, que evita declaraciones extensas mientras el proceso sigue su curso.


La estabilidad y legitimidad de la Corona vuelven al centro del debate público en el Reino Unido.

La situación también reaviva un debate sobre la reducción del número de miembros activos de la familia real, una línea que el propio monarca había impulsado antes de su ascenso al trono. La crisis actual podría acelerar esa transformación hacia una estructura más acotada y controlada.

El efecto colateral sobre Sarah Ferguson

En paralelo, el caso vuelve a proyectarse sobre Sarah Ferguson, exesposa de Andrés. Aunque divorciados desde 1996, mantuvieron una relación cercana y compartieron distintos espacios familiares a lo largo de los años. En términos públicos, esa proximidad hace que cualquier nuevo capítulo del escándalo reactive también su nombre en el debate mediático.


Aunque divorciada desde 1996, Sarah Ferguson vuelve a quedar bajo exposición mediática por su cercanía histórica con Andrés.

Si bien no enfrenta cargos ni está bajo investigación, la aparición de su nombre en documentos históricos vinculados al entorno del financista estadounidense involucrado en el caso genera una asociación que impacta en su imagen. En los últimos años, Sarah había reconstruido su perfil público mediante proyectos editoriales, iniciativas empresariales y actividades benéficas. Cada nuevo avance en la causa vuelve a situarla bajo escrutinio, con consecuencias reputacionales y comerciales que no dependen de responsabilidades penales.

En la lógica de la monarquía británica, donde la percepción pública es un activo central, la exposición indirecta puede resultar tan significativa como una acusación formal.

Más que un escándalo, una prueba de legitimidad

Por eso, cuando se habla de la mayor crisis en 90 años, la referencia no apunta únicamente a la gravedad de un caso individual. Se refiere al impacto acumulativo que combina proceso judicial activo, debate constitucional, presión mediática global y exigencias sociales más estrictas en materia de ética pública.

La monarquía británica ha sobrevivido guerras, transformaciones políticas y cuestionamientos internos. Sin embargo, cada generación enfrenta su propia prueba de adaptación. El desenlace del caso Andrés será importante en términos legales, pero el verdadero desafío para la Corona será demostrar que puede responder a esta crisis sin erosionar el principio de legitimidad que la ha sostenido durante siglos.