El mensaje llegó como una advertencia. No era una frase larga ni una despedida. Era un aviso urgente. “Chicho me quiso matar con la escopeta”, escribió Thania Santillán desde su teléfono. La respuesta de su prima fue inmediata, atravesada por la incredulidad. Pensaba que el hombre estaba lejos. Que no podía alcanzarla. Thania respondió con una certeza que hoy estremece: “No, aquí está”.
Ese intercambio ocurrió entre las 9.02 y las 9.10 de la mañana. Fue el último contacto. Menos de una hora después, Thania estaba muerta.
La joven había viajado a Las Tinajas, en el departamento Moreno, para visitar a familiares durante los carnavales. Tenía 22 años, vivía en la capital santiagueña, cursaba la carrera de enfermería y cantaba cumbia. Según la reconstrucción de la causa, esa mañana su expareja, Diego Salto, la interceptó en un camino vecinal.
La discusión fue breve. El hombre llevaba una escopeta.
Los disparos se escucharon poco después de las 10. Cuando la Policía llegó al lugar, encontró el cuerpo de la joven sobre el suelo y al agresor armado, todavía en la escena. Durante varios minutos impidió que los médicos se acercaran. Recién después permitió que un enfermero la revisara. Ya no tenía signos vitales.
Salto permaneció en el lugar durante horas antes de entregarse. Fue detenido e imputado por femicidio.
Los investigadores creen que los mensajes que Thania envió esa mañana son una pieza clave para entender lo que ocurrió en sus últimos minutos. No solo ubican al acusado en el lugar, sino que reflejan el estado de temor que atravesaba la joven.
También exponen que el peligro ya había sido advertido. El teléfono de Thania fue secuestrado y forma parte de las pruebas incorporadas al expediente judicial. Mientras la causa avanza, esas palabras quedaron como un registro irreversible.
Una conversación breve. Un aviso. Y una presencia que, como ella escribió, ya estaba ahí.