La crisis alimentaria en Somalia vuelve a encender todas las alarmas. El Programa Mundial de Alimentos de las Naciones Unidas advirtió que su asistencia vital en el país africano podría detenerse en abril si no consigue financiamiento urgente, dejando a millones de personas expuestas a un agravamiento dramático de la situación.
Actualmente, se estima que 4,4 millones de personas enfrentan niveles de inseguridad alimentaria considerados de crisis. De ese total, cerca de un millón padece hambre severa. La combinación de lluvias fallidas, conflictos armados persistentes y una caída en la financiación humanitaria internacional ha empujado a comunidades enteras a una situación límite.

Somalia declaró una emergencia nacional por sequía en noviembre pasado, tras varias temporadas consecutivas con precipitaciones muy por debajo del promedio. En un país donde gran parte de la población depende de la agricultura de subsistencia y del pastoreo, la falta de agua no solo afecta las cosechas sino también al ganado, principal fuente de ingresos y alimento para millones de familias.
La agencia de Naciones Unidas, que es el mayor actor humanitario en el territorio somalí, informó que ya se vio obligada a reducir drásticamente su alcance. A comienzos de este año asistía a 2,2 millones de personas; hoy apenas puede cubrir a poco más de 600.000 debido a la escasez de recursos. Los programas nutricionales destinados a mujeres embarazadas, madres lactantes y niños pequeños también sufrieron recortes significativos, justo en el momento en que la malnutrición infantil vuelve a crecer.

No es la primera vez que el país enfrenta el espectro de la hambruna. En 2011, una devastadora crisis provocó la muerte de más de 250.000 personas, según estimaciones internacionales. En 2022, otra emergencia estuvo a punto de convertirse en catástrofe, pero una movilización financiera global permitió evitar el peor desenlace. Hoy, los organismos humanitarios advierten que el escenario es alarmantemente similar.
Para sostener las operaciones entre marzo y agosto, el organismo necesita alrededor de 95 millones de dólares. Sin ese respaldo, la asistencia, ya reducida, podría interrumpirse por completo. Los responsables humanitarios subrayan que las consecuencias no serían únicamente sociales: el deterioro podría tener impacto en la estabilidad regional, generar nuevos desplazamientos internos y aumentar la presión migratoria hacia países vecinos.
Somalia arrastra décadas de fragilidad institucional desde 1991, cuando colapsó el Estado central. A los desafíos climáticos se suman la violencia de grupos armados y una economía extremadamente vulnerable a los shocks externos. En ese contexto, la ayuda internacional no solo funciona como red de contención alimentaria, sino también como factor clave para evitar un colapso mayor.
Con la temporada seca en curso y sin señales claras de una recuperación inmediata, el reloj corre. Las próximas semanas serán decisivas para determinar si el país logra sortear otra vez el abismo o si la falta de financiamiento convierte una crisis en una tragedia humanitaria de gran escala.