23/02/2026 - Edición Nº1112

Política

Malvinas, mujeres y posguerra

Silvia Barrera: lo vivido en las Islas Malvinas y la batalla por el recuerdo

23/02/2026 | La veterana de guerra más condecorada de la Argentina repasó su experiencia de 1982 y advirtió sobre la necesidad de una política de Estado sostenida sobre Malvinas.



En El Living de NewsDigitales, Silvia Barrera repasó una historia que combina vocación profesional, decisiones tomadas en tiempo récord y una posguerra atravesada por silencios.

Instrumentadora quirúrgica del Hospital Militar Central, integró el grupo de seis mujeres de sanidad que en 1982 se ofrecieron como voluntarias para ir al conflicto del Atlántico Sur. Con el tiempo, su figura sería reconocida como la veterana argentina más condecorada de América Latina, pero en la entrevista eligió correrse del lugar de los honores para poner el foco en la memoria, la experiencia colectiva y las deudas del regreso.

“Este tema a veces no se trata continuamente, sino solamente entre el 2 de abril y el 14 de junio”, lamentó, en alusión a la estacionalidad del debate público. Su testimonio se mueve entre la convicción juvenil y la dimensión humana de la guerra: “Éramos inconscientes. Nuestra meta era hacer lo mejor posible dentro de nuestra actividad, siempre pensando en ayudar al soldado herido”.

Las únicas que eligieron ir

Barrera recordó que, de las seis instrumentadoras, cuatro provenían de familias militares. La decisión fue vertiginosa: “Fueron tres horas que nos dieron para decidirnos”. La motivación, explicó, combinaba formación sanitaria, patriotismo y la percepción de estar ante “una causa justa”.

También subrayó un dato histórico: eran las primeras mujeres en ese ámbito operativo, un quiebre cultural dentro de las fuerzas armadas. “Para nosotras era muy importante como mujeres ser las primeras en romper ese tabú”.

El Irízar como trinchera

El destino final no fue el previsto. Ya en zona de operaciones, la superioridad resolvió que permanecieran a bordo del ARA Almirante Irízar, acondicionado como buque hospital. “No nos quisieron dar grado militar por ser mujeres. Somos personal civil”, explicó.

A bordo trabajaron junto a 19 profesionales de la salud en un esquema que calificó como “fantástico” en términos de organización sanitaria.

La adaptación no estuvo exenta de tensiones: “Al principio fue romper ese shock de esos hombres que veían a las primeras mujeres vestidas de verde”. La magnitud de la emergencia superó cualquier preparación hospitalaria convencional. “Uno se prepara para un apéndice de urgencia, no para la llegada de 20 o 30 heridos”, graficó.

El golpe del cese del fuego

El 14 de junio quedó grabado como un quiebre emocional. “Fue como desinflarnos. Ver bajar nuestra bandera y ver la bandera inglesa nuevamente”. El Irízar permaneció varios días más en tareas de evacuación. “Seguíamos recogiendo y evacuando a todos los soldados que se podían rescatar para que no cayeran prisioneros”.

Regreso, confidencialidad y silencio

El retorno tampoco fue sencillo. Barrera describió una Comodoro Rivadavia militarizada, la firma de convenios de confidencialidad y una escena que hoy resulta difícil de imaginar: alojadas en un hotel sin inaugurar, sin logística básica y bajo custodia. Las fotografías que sobrevivieron -contó- fueron posibles porque la cámara era propia y los rollos no fueron requisados.

El regreso a Buenos Aires, evocó Barrera, estuvo marcado por una coincidencia cargada de simbolismo: fue el domingo 20 de junio, Día de la Bandera y también Día del Padre. Después de días de incertidumbre, ese momento significó finalmente el reencuentro con su familia, que hasta entonces desconocía dónde se encontraba. “Estaban desesperados. La guerra había terminado el 14 y nosotras recién volvimos el 20”, recordó, dejando entrever la angustia acumulada durante aquella semana suspendida entre el silencio y la espera.

Lejos de cualquier gesto oficial o escena de reconocimiento, el impacto emocional del regreso quedó rápidamente absorbido por una rutina tan abrupta como reveladora. “Al día siguiente, a las 7 de la mañana, fuimos a trabajar. Nadie nos recibió”, relató. No hubo actos, ni palabras, ni espacios de contención. El quirófano volvió a imponerse como destino inmediato, como si la guerra hubiese quedado súbitamente fuera de la conversación pública y también de la institucionalidad militar.

Durante años, explicó, la reinserción quedó librada casi por completo a la fortaleza individual. “La ley de evaluación psicofísica salió tarde; muchos ya se habían suicidado”, señaló, sintetizando en una frase la dimensión más cruda del después, esa etapa menos visible de Malvinas donde las batallas dejaron de ser bélicas pero no por eso menos devastadoras.

Posguerra, resiliencia y transmisión

Lejos de la épica, Barrera planteó la posguerra como un proceso íntimo y desigual. “Dependió de la resiliencia, del carácter, del apoyo de la familia de cada ex combatiente”. Desde hace años, su tarea se concentra en charlas en escuelas y universidades: “Los chicos son una esponja. Es una caricia al alma”.

La iniciativa, sostuvo, surge más del compromiso de los veteranos que de una política educativa sistemática. Como ejemplo, mencionó instituciones que hoy llevan nombres vinculados a las mujeres de Malvinas, entre ellas la Escuela N° 265 en la ciudad de Toay, La Pampa, que hoy lleva su nombre.

Una memoria en disputa

Barrera también reflexionó sobre las divisiones internas respecto a los viajes a las islas y reclamó una política de Estado sostenida en el tiempo. “No tenemos una política diplomática constante. Necesitamos continuidad”.

Su preocupación se detiene en una franja etaria de 35 a 45 años que -según su experiencia- quedó más distante de la causa Malvinas. De allí la importancia, explicó, de participar en nuevos formatos de comunicación: “Es muy importante ir a programas de streaming que movilizan a esa generación”.

El paso de Silvia Barrera por El Living de NewsDigitales dejó algo más que recuerdos: expuso la dimensión humana de una experiencia límite, la complejidad del regreso y el trabajo persistente por mantener viva la memoria colectiva que, como ella misma insistió, no debería limitarse a las fechas del calendario.