Cada 25 de febrero, Hungría recuerda oficialmente a las víctimas de las dictaduras comunistas que gobernaron el país durante gran parte del siglo XX. La jornada fue instituida por el Parlamento en el año 2000 y busca mantener viva la memoria de quienes sufrieron persecución, prisión, deportaciones y ejecuciones bajo el régimen impuesto tras la Segunda Guerra Mundial.
La fecha remite a un hecho concreto. El 25 de febrero de 1947 fue arrestado Béla Kovács, dirigente del Partido de los Pequeños Propietarios, la fuerza que había ganado las elecciones libres luego de la caída del nazismo. Su detención por autoridades soviéticas simbolizó el comienzo del desmantelamiento del sistema democrático húngaro y la consolidación del poder comunista respaldado por Moscú.
En 1949 se proclamó la República Popular de Hungría y se instauró un sistema de partido único alineado con la Unión Soviética. Bajo el liderazgo de Mátyás Rákosi, el país adoptó un modelo estalinista caracterizado por nacionalizaciones masivas, colectivización forzada y una fuerte vigilancia estatal. La policía secreta ÁVH se convirtió en un instrumento central de la represión.
Miles de ciudadanos fueron sometidos a juicios políticos, detenciones arbitrarias y trabajos forzados. Intelectuales, religiosos, campesinos y opositores fueron señalados como enemigos del Estado. Se estima que cientos de miles de húngaros padecieron algún tipo de persecución durante esas décadas.

El momento más dramático llegó en 1956, cuando estalló la Revolución Húngara, un levantamiento popular que exigía reformas democráticas y el retiro de las tropas soviéticas. La intervención militar de la Unión Soviética sofocó la revuelta. Miles murieron y alrededor de 200 mil personas huyeron al exilio. Aunque en los años siguientes el régimen adoptó un tono menos rígido, el control político se mantuvo hasta la transición democrática de 1989.
Cada 25 de febrero se realizan actos oficiales, ceremonias escolares y ofrendas florales en todo el país. En Budapest, uno de los espacios más simbólicos es la Casa del Terror, museo ubicado en un edificio que funcionó como sede de los aparatos represivos nazi y comunista. Allí se exhiben documentos y testimonios que explican cómo operaron ambos sistemas totalitarios.

En el contexto europeo, la memoria del comunismo ocupa un lugar especialmente sensible en los países de Europa Central y Oriental. A diferencia de Europa Occidental, donde el debate histórico suele centrarse en el nazismo, en Hungría y otras naciones que estuvieron bajo la órbita soviética el recuerdo del régimen comunista forma parte central de la identidad nacional. La experiencia de décadas sin pluralismo político, con censura y control estatal, sigue influyendo en el discurso público y en la forma en que el país interpreta su pasado reciente.
Para Hungría, esta fecha simboliza la pérdida de la democracia de posguerra y el inicio de décadas de subordinación política. Más allá de los debates actuales, el objetivo central es claro: preservar la memoria histórica y transmitir a las nuevas generaciones lo que significó vivir sin pluralismo ni libertades civiles.