El 25 de febrero ocupa un lugar central en la historia política de Filipinas. Ese día de 1986 culminó la llamada Revolución del Poder Popular, conocida como EDSA, que forzó la salida de Ferdinand Marcos tras dos décadas de gobierno autoritario. La movilización masiva en Manila no solo alteró el equilibrio interno del poder, sino que redefinió la percepción regional sobre las transiciones democráticas en Asia. La fecha se consolidó como símbolo de cambio político mediante acción ciudadana.
Durante cuatro días, millones de personas se concentraron en la avenida Epifanio de los Santos (EDSA), respaldadas por sectores de la Iglesia católica y parte de las Fuerzas Armadas. La protesta, mayoritariamente pacífica, bloqueó intentos de represión y abrió el camino para la asunción de Corazón Aquino. La transición fue leída internacionalmente como ejemplo de movilización civil exitosa frente a un régimen concentrado.
El proceso que llevó a la caída de Marcos combinó crisis económica, denuncias de fraude electoral y fracturas dentro del aparato estatal. La pérdida de legitimidad política se aceleró tras elecciones cuestionadas y la presión sostenida de la oposición. La capacidad de articulación entre sociedad civil y sectores militares disidentes resultó determinante para evitar un desenlace violento.
Sin embargo, la transición no eliminó las tensiones estructurales heredadas. Persistieron desigualdades sociales, redes clientelares y desafíos en materia de gobernabilidad. La Revolución EDSA se convirtió así en un punto de inflexión, pero no en una solución definitiva. La democratización implicó apertura política, aunque con límites institucionales evidentes.

Décadas después, la interpretación del legado de 1986 sigue generando debate. La rehabilitación política de la familia Marcos y el retorno electoral de sus herederos evidencian que la memoria colectiva no es homogénea. Para algunos sectores, EDSA simboliza la recuperación de libertades; para otros, representa un proceso incompleto que no transformó la estructura socioeconómica.

El 25 de febrero, por lo tanto, no es solo una efeméride histórica. Funciona como recordatorio de la fragilidad democrática y de la importancia de las instituciones. La vigencia de la experiencia EDSA dependerá de la capacidad filipina para sostener reglas democráticas estables frente a ciclos de concentración de poder, en un escenario político que continúa evolucionando