Darío Lopérfido murió hoy, a los 61 años, víctima de Esclerósis Lateral Amiotrófica (ELA). Su trayectoria pública combinó gestión cultural, comunicación política y una fuerte vocación de intervención en los debates más sensibles de la Argentina reciente.
Hasta el 10 de diciembre de 1999 era un desconocido, pero después de esa fecha su nombre quedó asociado al gobierno de Fernando de la Rúa. El radical lo nombró en el cargo de secretario de Cultura y Comunicación con dos tareas: desempeñar las funciones propias de su Secretaría, pero por encima de eso, defender el relato oficial en los medios.

La Alianza por la Justicia, la Educación y el Trabajo -tal el verdadero nombre de la coalición UCR-FREPASO- necesitaba un hombre que haga eso. La fuerza política nacida en 1997 había llegado al Gobierno con un discurso de ética administrativa, trasparencia en las decisiones y una altura moral que los ponía en claro contraste con lo que sostenían que había sido el largo desenfreno menemista que duró diez años.
Aunque se puso el traje de funcionario, Lopérfido no dejó de ser un hombre de la rosca política de esa fallida gestión. Fue una de las caras más conocidas del “Grupo Sushi”, ese núcleo informal de funcionarios y asesores jóvenes que orbitaban alrededor del Presidente y comandados por su hijo, Antonio de la Rúa.

Ese círculo sintetizó el estilo de esa administración: un círculo reducido, de perfil técnico y muy poca calle, acusado por sus críticos de encapsular el poder y desconectarse del malestar social que estallaría en diciembre de 2001. Buscaban transmitir racionalidad y control, cuando la opinión pública tenía el peor de los conceptos sobre un gobierno que empezó a desmoronarse desde el primer año de gestión, con la renuncia del vicepresidente Carlos “Chacho” Álvarez.
En el plano personal, mantuvo una relación con María Gabriela Epumer, exguitarrista de Viuda e Hijas de Roque Enroll y figura clave del rock argentino en la primavera democrática. Más tarde se casó con la actriz Esmeralda Mitre, pero esa relación también se disolvió con el tiempo.

Varios años después de la caída de la Alianza, regresó a la función pública de la mano de Horacio Rodríguez Larreta en la Ciudad de Buenos Aires. Fue designado Director General del Teatro Colón, uno de los emblemas culturales del país, con la misión de profundizar su proyección internacional y consolidar su perfil institucional.
Pero sus ganas de defender sus ideas pudieron más que la corrección política que se esperaba de él. En 2016 afirmó que en la Argentina “no hubo 30 mil desaparecidos” y que esa cifra se había “arreglado” para cobrar subsidios. Sus declaraciones, en sintonía con afirmaciones previas del exmontonero Luis Labraña sobre las cifras de víctimas de los años setenta, provocaron un amplio repudio político y social. En medio de la presión, dejó la conducción del Colón en julio de ese año.

Desde entonces, su figura quedó asociada a un estilo de intervención frontal en los debates sobre memoria y derechos humanos. Para quienes estuvieron de acuerdo, sus declaraciones fueron valientes. En cambio, desde la vereda opuesta fue muy criticado por banalizar consensos construidos tras la recuperación democrática.
Con su muerte, se apaga definitivamente la vida de un dirigente que hizo de la palabra su principal herramienta. Entre la política y la cultura, entre el discurso oficial y la controversia, Lopérfido fue parte de una generación que condujo al país en sus tiempos más convulsionados.