La muerte de Darío Lopérfido, confirmada desde Madrid, vuelve inevitable releer el texto que escribió el 7 de diciembre de 2025, cuando decidió contar sin filtros qué significaba convivir con la esclerosis lateral amiotrófica.
Lejos de cualquier tono épico o compasivo, eligió narrar su deterioro con crudeza, ironía y una incomodidad deliberada. Allí no habló como funcionario ni como gestor cultural, sino como alguien que sentía que su vida ya había entrado en una etapa final.
Ese texto, que entonces generó impacto por su franqueza, hoy adquiere otra dimensión.
En aquella columna, Lopérfido describió la ELA como una experiencia sin heroísmo ni romanticismo posible. Su relato evitó cualquier intento de ennoblecer el padecimiento y se centró en la pérdida progresiva del cuerpo, la autonomía y la identidad.
No hablaba del futuro sino del presente: de la incomodidad, la dependencia y la transformación personal que impone una enfermedad degenerativa.
En ese mismo texto, Lopérfido también abordó temas que lo atravesaban en lo personal: su ateísmo, el sentido del deterioro físico y la posibilidad de decidir sobre el final de la vida.
No buscó consuelo ni trascendencia. Habló, en cambio, de límites, de dignidad y de la necesidad de preservar aquello que aún podía hacer: escribir, pensar, acompañar a su hijo.
La columna fue publicada cuando su estado ya había comenzado a deteriorarse de manera visible.
Hoy, tras su muerte, aquellas frases funcionan como una suerte de despedida anticipada. No desde el dramatismo, sino desde la voluntad de nombrar sin eufemismos lo que significaba vivir sabiendo que el cuerpo avanzaba hacia un final inevitable.