La semana legislativa de Javier Milei dejó algo más importante que una lista de leyes aprobadas. Dejó a la vista cómo funciona hoy el Congreso argentino, qué bloques siguen existiendo como tales, cuáles se quebraron, quiénes votan por identidad y quiénes por conveniencia, y de qué manera el oficialismo, aun sin mayoría propia, consiguió ordenar una mayoría política.
El dato más visible fue el resultado. El Gobierno cerró las extraordinarias con la sanción definitiva de la reforma laboral en el Senado, aprobada por 42 votos a favor, 28 en contra y 2 abstenciones. Antes había logrado la aprobación del acuerdo Mercosur–Unión Europea y de los cambios en la ley de glaciares en la Cámara alta, además de la media sanción en Diputados de la baja de imputabilidad a 14 años y, días atrás, el avance de la reforma laboral en la Cámara baja con 135 votos contra 115.
Ese resultado no salió de una mayoría libertaria pura. Salió de una arquitectura más compleja. En Diputados, La Libertad Avanza tiene 95 bancas y es la primera minoría; Unión por la Patria quedó en 93. Detrás aparecen Provincias Unidas con 18, el PRO con 12, Innovación Federal con 9 y la UCR con 6. Ese reparto ya dice bastante: el oficialismo puede arrancar cualquier negociación desde un piso fuerte, pero no llega solo a ningún lado. Necesita aliados permanentes o transitorios para cada ley.
En el Senado, el mapa es más fino y más favorable al Gobierno que hace apenas unos meses. Patricia Bullrich consiguió trabajar sobre 21 votos propios y sumarle otra veintena entre PRO, radicales, provinciales y peronistas alejados del kirchnerismo. La fractura del PJ fue decisiva: en febrero se consolidó la salida de senadores peronistas ligados a gobernadores del norte, lo que achicó el bloque que conduce José Mayans y dejó al oficialismo mucho más cerca de una mayoría estable para proyectos sensibles. Convicción Federal, que hoy tiene tres integrantes, y otros bloques provinciales fueron parte del nuevo equilibrio.
Ahí estuvo una de las claves de la semana: Milei no “convenció” al Congreso en abstracto. Lo que hizo fue aprovechar una fragmentación previa y profundizarla. El peronismo dejó de funcionar como bloque homogéneo. En el Senado, la conducción kirchnerista ya no puede garantizar una sola línea para todos los senadores de origen justicialista. En Diputados, la oposición también está partida entre un peronismo duro, bloques provinciales que negocian por expediente y un centro que acompaña bastante más de lo que confronta. Esa división explica más que cualquier discurso oficial.
La segunda clave fue el método. El Gobierno avanzó ley por ley, no con una coalición formal cerrada. Para la reforma laboral, aceptó modificaciones en el Senado y luego dejó caer en Diputados el artículo 44, el más resistido, para no perder el paquete entero. En el régimen penal juvenil hizo algo parecido cuando resignó la pretensión original de bajar a 13 años la edad de imputabilidad y cerró en 14 para asegurar el acompañamiento de aliados. No fue una demostración de fuerza ideológica pura; fue una práctica de negociación bastante clásica, aunque el mileísmo prefiera narrarla como otra cosa.
También hubo movimientos más silenciosos que ayudan a entender cómo puede funcionar el Congreso de acá en adelante. En el Senado, PRO y Provincias Unidas empezaron a ensayar coordinaciones más estrechas e incluso conformaron un interbloque propio, Impulso País, para ganar peso específico. Eso muestra que los aliados del oficialismo no quieren ser sólo acompañantes: quieren ordenar su propio precio. En Diputados pasa algo parecido. El PRO ya dejó trascender que no piensa replicar mecánicamente la alianza del Senado y que prefiere “hacer valer” sus votos. Traducido: acompañar, sí; diluirse, no.
Ese punto es importante para leer el Congreso en sus partes. Hoy hay, al menos, cuatro zonas bastante definidas. La primera es el núcleo mileísta, disciplinado y más grande que al comienzo de la gestión. La segunda es el bloque de aliados frecuentes, donde entran el PRO, la UCR residual y parte de los provinciales. La tercera es el mundo de los gobernadores, que no siempre vota en bloque, pero pesa en cada negociación a través de sus senadores y diputados. La cuarta es el peronismo, que ya no actúa como una sola oposición sino como un sistema fragmentado: kirchnerismo duro, peronismo provincial y desprendimientos más pragmáticos.
La consecuencia política de esta semana es bastante concreta. El Congreso ya no puede leerse con la vieja división oficialismo-oposición. Hay que mirarlo como un tablero de mayorías móviles, donde Milei tiene iniciativa, Patricia Bullrich administra bien el Senado, Martín Menem ordena Diputados desde una primera minoría robusta, y la oposición aparece demasiado rota como para bloquear de forma consistente. El Gobierno no controla todo, pero sí logró algo decisivo: que la carga de la prueba pase al otro lado. Hoy quienes tienen que demostrar que pueden frenar algo son los opositores.
De acá en adelante, esa disección deja una conclusión práctica. En Diputados, el oficialismo seguirá dependiendo de acuerdos caso por caso, con bloques medianos que van a encarecer cada voto. En el Senado, en cambio, el panorama quedó bastante más despejado para Milei, sobre todo mientras el peronismo siga perdiendo cohesión y los gobernadores mantengan una lógica de negociación más territorial que partidaria. Esa asimetría entre cámaras probablemente ordene el próximo período ordinario: más dificultad en la baja, más comodidad en la alta.
La semana, en ese sentido, no sólo mostró que Milei puede ganar. Mostró cómo gana. Gana sobre un Congreso menos ideológico de lo que parece, más fragmentado de lo que admite y mucho más sensible a la administración de intereses que a los grandes alineamientos partidarios. Ese es, probablemente, el dato parlamentario más importante que dejó febrero.