16/03/2026 - Edición Nº1133

Policiales

Tenía 61 años

El "Carnicero de Giles": fuga, silencio y muerte de un asesino que marcó una época

01/03/2026 | Luis Fernando Iribarren murió por una neumonía tras pasar casi tres décadas preso por haber matado a cinco integrantes de su familia. Siempre sostuvo que era inocente y prometió revelar su verdad en un libro que nunca publicó.



Hace quince años, el teléfono sonaba en la vieja redacción de la editorial Perfil y del otro lado siempre estaba él. Luis Fernando Iribarren -más conocido como "El Carnicero de Giles"- llamaba desde la cárcel de Ituzaingó con una insistencia metódica. Decía que estaba escribiendo un libro, que tenía pruebas, que todo era un complot armado por un comisario que quería quedarse con sus bienes. Hablaba con una convicción que descolocaba. Repetía que era inocente. Que lo habían condenado sin escuchar su versión. Que algún día lo iba a demostrar.

Prometía una entrevista, pero siempre encontraba un motivo para postergarla. Cuando finalmente accedí a visitarlo, cambió de idea. “No es el momento”, dijo. Nunca lo fue. Después dejó de llamar. El vínculo se apagó sin explicaciones, como si hubiera decidido volver a encerrarse en su propio relato.

Esta semana, su nombre reapareció por última vez. A causa de una neumonía, murió el pasado domingo 22 de febrero en el Hospital Mi Pueblo, de Florencio Varela, adonde había sido trasladado desde la Unidad 31 del Servicio Penitenciario Bonaerense. Tenía 61 años y cumplía prisión perpetua.

Luis Iribarren se fugó en una salida educativa y fue capturado días después en Santiago del Estero, junto a su perro. 

La masacre

Su historia había comenzado mucho antes, en San Andrés de Giles, donde durante años fue apenas un vecino más. En 1995, cuando tenía 31 años, se instaló en la casa de su tía Alcira para cuidarla durante una enfermedad terminal. Nadie sospechó nada hasta que el olor comenzó a filtrarse entre las paredes. La había matado de dos hachazos en la cabeza y enterrado en el jardín.

Ese crimen abrió una puerta que llevaba al pasado. Durante la investigación, Iribarren reconoció que nueve años antes, en agosto de 1986, había asesinado a toda su familia. Su padre, su madre y sus dos hermanos. Los ejecutó mientras dormían. Después escondió los cuerpos en una casa abandonada en un campo de Tuyutí.

Su explicación fue tan brutal como los hechos: “Los maté porque les tenía bronca”.

La masacre lo convirtió en una figura central de la crónica policial argentina. El apodo llegó después: el “Carnicero de Giles”.

En prisión, construyó otra imagen. Y con el tiempo cambió de versión: decía que había sido obligado a confesar los crímenes pero que era inocente y víctima de un comisario cuyo nombre repetía insistemente. Estudió Derecho, periodismo y ciencias económicas. Se recibió de abogado. Daba consejos legales a otros presos. Tenía redes sociales, seguidores y una rutina que parecía diseñada para mostrar otra cara. 

En 2024 volvió a ser noticia nacional. El hombre que durante décadas había sido considerado un preso modelo aprovechó una salida educativa para desaparecer. Dejó el rastreador cargando y escapó. Durante doce días fue un fantasma. Lo encontraron en Santiago del Estero, caminando con su perra. Su mayor debilidad.

Luis Iribarren en una foto familiar con sus padres. 

Ese episodio devolvió su nombre a los titulares, el mismo lugar donde había estado cuando masacró a su familia.

Iribarren murió sin dar la entrevista que prometió tantas veces. Sin mostrar las pruebas que decía tener. Sin publicar el libro que, según él, iba a cambiarlo todo.

Hasta el final sostuvo que la historia que todos conocían no era la verdadera.

Ahora, con su muerte, esa verdad -si es que existió- quedó enterrada con él.