La muerte del líder supremo iraní, el ayatolá Ali Jamenei, en un ataque aéreo que impactó en el núcleo del poder en Teherán, abrió una etapa de incertidumbre institucional sin precedentes desde 1989. Jamenei había gobernado durante más de tres décadas como la máxima autoridad política, militar y religiosa de la República Islámica. Su ausencia deja un vacío que obliga a activar mecanismos extraordinarios dentro del sistema.
En ese contexto emergió con fuerza Ali Larijani, quien anunció la creación de un consejo de liderazgo temporal para garantizar la continuidad del Estado mientras se define el esquema sucesorio. La Constitución iraní prevé que la Asamblea de Expertos designe al nuevo líder supremo, pero el proceso puede ser complejo en un momento de tensión interna y presión externa.
Los ataques también dejaron como saldo la muerte del jefe del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas, Abdolrahim Mousavi, lo que agrava la dimensión estratégica de la crisis y refuerza el papel del aparato de seguridad.
Larijani, de 67 años, es una figura histórica central del sistema político iraní. Nacido en Nayaf en 1958 en el seno de una influyente familia clerical, se trasladó de niño a Irán y obtuvo un doctorado en Filosofía. Varios de sus hermanos ocuparon cargos clave en el poder judicial y la diplomacia. Su trayectoria está marcada por la lealtad a Jamenei y por una reputación de hábil negociador.
Fue negociador nuclear jefe entre 2005 y 2007, defendiendo el derecho de Irán a enriquecer uranio. En una ocasión comparó las ofertas europeas para frenar el programa atómico con “cambiar una perla por una barra de chocolate”, una frase que reflejó su postura firme frente a Occidente. Más tarde presidió el Parlamento entre 2008 y 2020, período en el que se firmó el acuerdo nuclear de 2015 con seis potencias mundiales. Ese pacto quedó debilitado cuando Estados Unidos se retiró en 2018.

En agosto volvió al corazón del poder como secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional, desde donde supervisó negociaciones indirectas con Washington. En los últimos meses viajó a Omán para preparar contactos diplomáticos y mantuvo reuniones en Moscú con Vladimir Putin, consolidando la alianza estratégica con Rusia. También participó en el impulso del acuerdo de cooperación de 25 años con China.
Sin embargo, su figura está rodeada de controversia. En enero fue sancionado por Estados Unidos por su presunto rol en la represión de protestas antigubernamentales que, según organizaciones de derechos humanos, dejaron miles de muertos. Washington lo señaló como uno de los dirigentes que avaló el uso de la fuerza contra manifestantes.
En sus declaraciones más recientes, Larijani sostuvo que el problema nuclear “tiene solución” si la preocupación occidental es impedir la fabricación de armas atómicas, algo que Teherán niega buscar. Pero al mismo tiempo advirtió que el conocimiento tecnológico iraní “no puede ser destruido”.
Con el liderazgo supremo vacante y el país bajo presión internacional, Larijani aparece como el principal arquitecto de la estabilidad inmediata. Su desafío será mantener la cohesión interna, contener posibles disputas de poder y definir si Irán opta por profundizar la negociación o endurecer su postura en una región ya marcada por la escalada militar.