La imagen del Presidente ingresando al recinto de la Cámara de Diputados para inaugurar el período ordinario de sesiones parece una postal fija de la vida democrática. Sin embargo, la historia argentina registra varios años en los que el mandatario no estuvo presente en la Asamblea Legislativa.
Según detalla el libro 'Congreso, presidencia y justicia en Argentina: materiales para su estudio', de los investigadores Guillermo Molinelli, Valeria Palanza y Gisela Sin, hubo ausencias en 1866, 1914, 1917, 1918, 1919, 1920, 1921, 1922, 1929, 1939, 1941 y 1942. En varias de esas oportunidades, incluso, la Asamblea decidió prescindir directamente de la lectura del mensaje presidencial.

El primer caso se remonta a 1866, cuando el presidente Bartolomé Mitre no pudo asistir porque se encontraba en el frente de batalla por la Guerra del Paraguay. La prioridad militar desplazó la formalidad institucional en un país que todavía consolidaba sus estructuras republicanas. Décadas más tarde, las ausencias volvieron a repetirse. Roque Sáenz Peña no asistió a la apertura de 1914, en un contexto marcado por problemas de salud que afectaron los últimos tramos de su mandato.

El caso más llamativo fue el de Hipólito Yrigoyen. Siempre guardó distancia con el Congreso. Durante su primera presidencia, no concurrió en ninguno de los años comprendidos entre 1917 y 1922. Tampoco asistió en 1929, ya en su segundo mandato. En varias de esas ocasiones, el discurso fue enviado por escrito, pero el gesto de ausencia reforzó el carácter reservado y personalista que muchos historiadores atribuyen a su estilo de conducción.

Otro presidente que acumuló inasistencias fue Roberto Marcelino Ortiz, quien faltó en 1939, 1941 y 1942. En su caso, los problemas de salud -una diabetes severa que lo fue incapacitando progresivamente- explicaron las ausencias en un período atravesado además por tensiones políticas y la Segunda Guerra Mundial.

Estas excepciones revelan que la apertura de sesiones no siempre tuvo el carácter solemne que hoy se le atribuye. La historia demuestra, así, que incluso los rituales más arraigados de la República tuvieron momentos de silencio en el recinto. Y que detrás de cada ausencia hubo un contexto que habló tanto como un discurso pronunciado desde el estrado.
Entre 1930 y 1983, nuestro país conoció seis interrupciones del orden constitucional. Por tal motivo, el Congreso pernaneció cerrado y no hubo apertura de sesiones en 1930, 1931, 1944, 1945, 1956, 1957, 1963, 1967, 1968, 1969, 1971, 1972, 1976, 1977, 1978, 1979, 1979, 1980, 1981 y 1982.