La escalada del conflicto en Oriente Próximo volvió a colocar al sistema internacional bajo escrutinio. Las declaraciones de la presidenta mexicana Claudia Sheinbaum, quien sostuvo que la ONU ha dejado de cumplir su labor frente a la violencia creciente, reabrieron un debate sobre la eficacia real del multilateralismo. La crítica no se limitó al plano diplomático, sino que apuntó al desequilibrio estructural entre derecho internacional y poder militar.
El posicionamiento mexicano se inscribe en una tradición histórica de política exterior basada en la no intervención y la solución pacífica de controversias. Sin embargo, el contexto actual introduce una variable distinta: la percepción de que los organismos multilaterales están condicionados por vetos y rivalidades geopolíticas. Cuando el Consejo de Seguridad queda paralizado, la arquitectura global pierde capacidad preventiva y se trasladan los costos al resto del mundo.
La postura de Sheinbaum encuentra un antecedente reciente en Brasil, cuando Luiz Inácio Lula da Silva cuestionó la inacción internacional durante la guerra en Gaza. Ambos gobiernos coincidieron en señalar que la ONU requiere reformas profundas para recuperar legitimidad operativa. América Latina, sin peso militar determinante, busca reposicionarse como actor diplomático mientras observa cómo las potencias definen el curso del conflicto.
El problema trasciende el discurso político. Cada escalada en Medio Oriente impacta de inmediato en los precios del petróleo, eleva la prima de riesgo y tensiona los mercados financieros. México y Brasil son productores energéticos, pero no están blindados ante la volatilidad externa. La subida del crudo encarece combustibles, presiona la inflación y obliga a decisiones fiscales delicadas, especialmente cuando existen subsidios internos o metas estrictas de estabilidad monetaria.

El efecto dominó alcanza a economías externas con mayor fragilidad estructural. Países importadores netos de energía enfrentan mayores costos logísticos, encarecimiento del transporte marítimo y presión sobre balanzas comerciales. En escenarios prolongados de conflicto, la incertidumbre tiende a fortalecer activos refugio y depreciar monedas emergentes. La inestabilidad geopolítica se traduce rápidamente en volatilidad financiera y menor previsibilidad para la inversión extranjera.
La coincidencia entre México y Brasil refleja un patrón más amplio: América Latina denuncia la erosión del orden multilateral mientras absorbe consecuencias económicas que no genera. El cuestionamiento a la ONU es también un llamado a reformar un sistema que ya no logra contener disputas estratégicas. En un mundo donde la seguridad energética y la estabilidad financiera están interconectadas, la diplomacia deja de ser un gesto simbólico y se convierte en un instrumento clave para amortiguar impactos que trascienden fronteras.