Durante la apertura de sesiones ordinarias en la provincia de Buenos Aires, Axel Kicillof cuestionó con dureza la política económica del presidente Javier Milei, al sostener que el Gobierno mantiene “artificialmente bajo” el tipo de cambio.
Según el gobernador, el programa oficial no responde a una lógica de libre mercado, sino que se apoya en un fuerte control de variables clave. “Fija y controla estrictamente el tipo de cambio, los salarios, las jubilaciones, las tasas de interés y las tarifas”, afirmó. En ese marco, sostuvo que el dólar barato “favorece a la especulación financiera y perjudica a la producción nacional”.
Kicillof agregó que para sostener ese esquema el Gobierno recurrió a deuda con el FMI, fondos externos, blanqueos y un “rescate inédito de Trump”, además de avanzar con una apertura de importaciones que, combinada con el tipo de cambio bajo, genera un escenario “devastador para la industria nacional”.
Las críticas del gobernador reavivaron un debate histórico en la economía argentina: el del atraso cambiario y su impacto sobre la competitividad. Sin embargo, las palabras de Kicillof contrastan con su propia gestión como ministro de Economía entre 2013 y 2015, durante el segundo mandato de Cristina Kirchner.
En aquellos años, el tipo de cambio real también mostró un retraso significativo. Pese a la devaluación de enero de 2014, la inflación rápidamente absorbió el ajuste, y el peso volvió a apreciarse en términos reales. Además, el mercado cambiario funcionaba bajo un estricto control de capitales, conocido popularmente como “cepo”, que limitaba fuertemente el acceso al dólar.
Lejos de permitir un funcionamiento libre del mercado, el esquema de entonces era incluso más restrictivo que el actual, con múltiples tipos de cambio, cupos para la compra de divisas y fuertes regulaciones.

Hacia el final del gobierno kirchnerista, en diciembre de 2015, el tipo de cambio real se encontraba en niveles históricamente bajos, comparables a los de la década del noventa, durante la convertibilidad.
En términos comparativos, el valor actual del dólar se ubica por encima en términos reales del nivel que dejó la gestión Cristina-Kicillof, lo que relativiza el argumento del atraso como fenómeno exclusivo del presente.
En 2015, lejos de reconocer un atraso cambiario, Kicillof rechazaba con firmeza ese diagnóstico. En plena campaña electoral, calificó a empresarios y economistas críticos como parte del “club de los devaluadores”.
“No hablen de un atraso cambiario porque joden a la gente”, reclamó en declaraciones televisivas. Y agregó: “Tienen que poner su granito de arena. Cuando la gente se asusta, no invierte”.
En otra entrevista, sostuvo: “No pasa nada en Argentina que requiera un cambio drástico”, y pidió “no creerle todo a Clarín”, en referencia a las presiones para una corrección cambiaria.
También defendía entonces la estabilidad del peso como un valor central: “Vamos manteniendo la estabilidad cambiaria para dar certeza a todo el mundo. No tenemos problemas de reservas ni de balanza comercial”, aseguraba.
Así, la discusión sobre el “dólar barato” vuelve así al centro de la escena, con protagonistas que cambian de rol, pero con un problema estructural que sigue marcando la agenda económica del país.