Desde el regreso de la democracia en 1983, la política argentina ha mostrado una constante: las relaciones conflictivas entre presidentes y vicepresidentes.
Lejos de ser una rareza, los desencuentros en la cúpula del poder se repitieron en distintos gobiernos y, en muchos casos, derivaron en crisis internas, rupturas políticas o trayectorias truncas.
En la actualidad, ese patrón parece reeditarse en el vínculo entre el presidente Javier Milei y la vicepresidenta Victoria Villarruel, una relación que con el correr de los meses se volvió cada vez más distante, con reproches públicos, gestos de desconfianza y acusaciones cruzadas.
El binomio que llegó al poder en 2023 con un fuerte discurso antisistema mostró fisuras desde los primeros meses de gestión. Diferencias sobre la agenda institucional, el rol del Senado y el posicionamiento frente a sectores de la oposición fueron marcando un distanciamiento progresivo. Algunas voces señalan que la actual vice tendría intenciones de competir electoralmente en el 2027.
Este escenario remite a otros antecedentes en los que las fórmulas presidenciales terminaron fragmentadas.

Uno de los casos más emblemáticos fue el del entonces vicepresidente Carlos Chacho Álvarez, compañero de fórmula de Fernando de la Rúa en 1999.
Álvarez representaba al Frepaso, una de las patas centrales de la Alianza, que había llegado al poder con la promesa de transparencia y renovación.
En el año 2000, el vicepresidente renunció tras el escándalo de los presuntos sobornos en el Senado -conocido como “caso Banelco”- vinculados a la aprobación de una reforma laboral. Álvarez denunció falta de voluntad política para investigar el caso y decidió abandonar el cargo, lo que dejó al gobierno debilitado y sin uno de sus principales apoyos internos.
Su salida profundizó la crisis de la Alianza y anticipó el colapso político que estallaría en 2001.

Tras su renuncia, Álvarez no volvió a ocupar cargos electivos de relevancia. Durante los años siguientes, mantuvo una participación esporádica en el debate público, con intervenciones en medios y espacios académicos.
En la década siguiente, se desempeñó en funciones diplomáticas: fue designado embajador argentino ante organismos internacionales vinculados al Mercosur y más tarde ante la Asociación Latinoamericana de Integración (ALADI), durante gobiernos kirchneristas. En el 2020, por su parte, desembarcó por un breve tiempo como embajador en Perú.
Si bien conservó cierto prestigio como figura “moral” del progresismo, su peso electoral y su centralidad política nunca se recuperaron tras esa crisis.
Otro episodio decisivo fue protagonizado por Julio Cobos, vicepresidente durante el primer mandato de Cristina Kirchner.
En 2008, en medio del conflicto entre el Gobierno y el sector agropecuario por las retenciones móviles, Cobos desempató en el Senado con su recordado “voto no positivo”, que hizo caer el proyecto oficial.
Ese gesto marcó una ruptura política con el kirchnerismo y lo convirtió, durante un tiempo, en una figura con proyección propia dentro del radicalismo y la oposición.

Tras finalizar su mandato en 2011, Cobos regresó a la Unión Cívica Radical y buscó capitalizar su perfil independiente. En 2013, cosechó una buena elección intermedia en Mendoza alcanzando el 48%, muy lejos del peronismo que quedó por debajo del 30%. De esa manera, logró cómodamente su banca en Diputados.
Dos años más tarde competiría en la nómina de senadores nacionales, también representando a Mendoza: obtuvo el 42% y así le permitió una estadía de seis años en la Cámara Alta. En el 2021, volvió a encabezar la lista de Cambia Mendoza y orilló el 50% de los votos, lo que le valió un nuevo mandato en Diputados hasta el 2025. Buenas performances en su terruño.
De todas formas, si bien mantuvo presencia institucional y continuidad electoral, su figura perdió centralidad con el paso del tiempo y quedó asociada principalmente a aquel episodio de 2008.

Un caso más reciente fue el de Cristina Kirchner y Alberto Fernández, quienes conformaron la fórmula del Frente de Todos en 2019.
Desde el inicio del mandato, las diferencias internas se hicieron visibles. La vicepresidenta cuestionó públicamente la gestión económica, el manejo del gabinete y las decisiones estratégicas del Gobierno. A través de cartas y discursos, expuso críticas directas al presidente, lo que debilitó la autoridad presidencial.
La relación se deterioró hasta convertirse en una convivencia formal, sin coordinación política real, especialmente durante los años finales del mandato.

Tras dejar la vicepresidencia en 2023, Cristina Kirchner no volvió a competir electoralmente, aunque siguió siendo una figura influyente dentro del peronismo y el kirchnerismo.
Mantuvo actividad política, participó en definiciones internas y respaldó candidatos afines. Sin embargo, su margen de acción quedó condicionado por las causas judiciales en su contra y por una condena que la inhabilita para ejercer cargos públicos, lo que hoy limita su proyección institucional.
Aun así, conserva capacidad de incidencia en sectores del oficialismo y continúa siendo una referencia clave para una parte del electorado.