En el corazón de la provincia de Buenos Aires, donde la carne porcina es sinónimo de industria, empleo y exportación, hay un circuito no tan conocido que empieza en los corrales y termina en la red eléctrica nacional. Lo que durante años fue un problema ambiental —los efluentes del criadero— hoy se transforma en energía renovable que abastece al equivalente de una ciudad de 5.000 habitantes.
En Roque Pérez, la empresa bonaerense Cabaña Argentina decidió en 2020 dar un paso poco habitual incluso a escala global: instalar una planta de biogás que funciona casi exclusivamente con residuos de cerdos. La experiencia no solo es casi inédita en el país; también es una de las pocas en el mundo que opera con ese tipo de sustrato como materia prima principal.
La planta Pacuca de Bioenergía nació en plena pandemia, con especialistas extranjeros que no podían ingresar al país y con un desafío técnico mayor: los efluentes de cerdo son más difíciles de estabilizar que otros residuos orgánicos utilizados en biodigestión. Sin embargo, cuatro años después, la instalación produce un megavatio por hora de manera continua, las 24 horas del día, y se ubica entre las más eficientes del país.
Una de las caras visibles del proyecto es Daniel Fenoglio, presidente de Pacuca Bioenergía, titular de la Federación Porcina Argentina y gerente general de Cabaña Argentina, quien resume la lógica del emprendimiento con una frase simple: transformar un pasivo en un activo.
“Evaluamos en su momento la posibilidad de convertir un problema en una oportunidad. El efluente era un pasivo ambiental que había que tratar. Hoy es una fuente de energía que genera ingresos en dólares y además mejora el ambiente”, explicó, en una charla imperdible con NewsDigitales.
La historia combina tecnología alemana, bacterias trabajando en silencio dentro de enormes digestores, un contrato de energía a 20 años y una apuesta estratégica por la economía circular, en una de las cadenas productivas más dinámicas del agro argentino.
Pacuca es una planta de digestión anaeróbica. En términos más simples, utiliza bacterias que, en ausencia de oxígeno, descomponen materia orgánica y liberan biogás. Ese gas luego se limpia y alimenta un grupo electrógeno que produce electricidad.
Lo distintivo es la materia prima. “Los efluentes del cerdo no son los más fáciles para una planta de biogás. De hecho, no hay muchas experiencias en el mundo y debemos ser de las pocas plantas que trabaja prácticamente 100% con efluente de cerdo”, señala Fenoglio.
En Alemania existen más de 9.000 plantas de biogás, pero la mayoría utiliza cultivos energéticos o residuos más estables, como cama de pollo o subproductos de tambos estabulados. En Argentina, en total, hay apenas unas 30 plantas de biogás de distintos tipos.
Criaderos de cerdos de Cabaña Argentina en Roque Pérez “Es más sencillo producir gas con hoja de maíz o con otros residuos. Lo nuestro es más complejo. Pero lo pudimos ir llevando y hoy la planta funciona a régimen”, afirma.
La planta procesa aproximadamente 160.000 toneladas de efluentes al año provenientes exclusivamente del criadero propio, donde hay 7.000 madres y se producen 20.000 capones mensuales de 130 kilos.
“Esa es nuestra producción. Que a su vez después procesamos nosotros mismos, faenamos, despotamos, vendemos carne fresca en todos los supermercados y en las carnicerías, y a su vez producimos fiambre también. Tenemos un frigorífico en General Las Heras” destacó.
El proceso comienza con la separación de sólidos y líquidos. “El sólido lo obtenemos a través de un sistema de separación y va a un módulo de carga del biodigestor primario. El líquido se bombea al mismo digestor. Ahí se mezcla todo y empieza a trabajar la biología”, detalló el titular de Pacuca.
Las bacterias, en condiciones controladas de temperatura, comienzan a degradar el material orgánico
“Es bastante complicado manejar bacterias porque son seres vivos. No es lo mismo que manejar tornillos. Si le das mucho de comer, no les sirve. Si le das poco, no producen. No es solo un tema de pH, es entender el sustrato y la biología”, explica.
La planta cuenta con tres enormes digestores en serie. El gas producido es capturado por un soplador, tratado para remover ácido sulfhídrico e impurezas, y luego enviado a un grupo electrógeno.
“Ese grupo genera energía y la energía la vendemos en la red. Nosotros producimos un megavatio por hora en forma continua, las 24 horas del día. Eso equivale al consumo de una ciudad de 5.000 habitantes”, resume.
La energía se comercializa bajo el programa Renovar II, lanzado durante el gobierno de Mauricio Macri, con contratos a 20 años.
“Tenemos la obligación de entregar los megas que producimos. Si entregamos menos, hay castigos. Por suerte estamos totalmente a régimen y entregando perfectamente. De hecho, hoy nos sobra algo de capacidad porque logramos alta eficiencia”, señaló Daniel Fenoglio.
El esquema tiene además un valor estratégico para el negocio porcino. “El cerdo consume dólares porque el maíz y la soja están valorizados a precio internacional, pero cuando vendés carne en el mercado interno cobrás en pesos. Es difícil calzar dólar con dólar. En este caso era ideal, porque transformamos efluentes en dólares de energía”, explicó.
Daniel Fenoglio, presidente de Pacuca Bioenergía y titular de la Federación Porcina ArgentinaEse flujo en moneda dura fue clave para tomar un crédito en dólares y financiar la inversión inicial.
Más allá del aspecto económico, el impacto ambiental es medible. “El año pasado hicimos un estudio de gases de efecto invernadero. Con la planta logramos bajar 12.000 toneladas de dióxido de carbono equivalente en un año. Eso equivale a 2.851 autos circulando a nafta durante todo un año”, precisó Fenoglio.
Pero el circuito no termina con la generación eléctrica. Luego del proceso de biodigestión queda un remanente líquido.
“Ese líquido lo usamos como biofertilizante. Lo inyectamos en los equipos de riego de nuestros campos y no utilizamos absolutamente ningún fertilizante químico. No contaminás fuentes de agua ni de suelo y además ahorrás insumos”, afirmó el titular de Pacuca Bioenergía.
Así se cierra el círculo: el maíz y la soja alimentan a los cerdos; los efluentes generan energía; el remanente vuelve al suelo como fertilizante para producir más granos.
La puesta en marcha no fue sencilla. La tecnología es alemana y la instalación requirió técnicos extranjeros justo cuando el mundo se cerraba por el COVID-19.
“Nos agarró en plena pandemia y no podían viajar los expertos para ayudarnos a ponerla en funcionamiento. Eso demoró todo. Nos llevó casi dos años estandarizar y llegar a producir los 24 megas por día únicamente con efluente de cerdo”, recordó Fenoglio.
Hoy, asegura, la planta se ubica entre las primeras en eficiencia del país. “De las 30 plantas que hay en Argentina estamos primero o segundo en cuanto a eficiencia. Eso nos da mucha satisfacción porque fue un aprendizaje enorme”.
La planta procesa cerca de 160 mil toneladas de efluentes al añoA su vez, el tipo de procedimiento ecológico utilizado en la elaboración de los productos de la firma constituye un activo valorado por compradores en todo el mundo: Los grandes clientes en el mundo buscan eso. Somos una empresa que nos gusta no contaminar” remarcó.
El crecimiento del negocio porcino ya obliga a la empresa a pensar en ampliaciones, pero con límites. “Cuando concentrás demasiada cantidad de animales vivos, si tenés un problema sanitario el impacto puede ser muy fuerte. No se recomienda tener unidades demasiado grandes. Nosotros ya estamos en un número importante de madres”, explica, al recordar que la cifra ideal oscila entre 5 mil y 10 mil.
Por eso, cualquier expansión en un futuro probablemente se realice en otra localidad cercana. “Si crecemos, seguramente será en otro lugar cercano. Y ahí se verá si llevamos los efluentes a la planta y habría que ampliarla o si construimos otra de biogás en el nuevo criadero. La idea de economía circular ya forma parte de nuestra manera de producir” concluyó Daniel Fenoglio.
La experiencia de Roque Pérez muestra que, incluso en actividades tradicionalmente asociadas a residuos y emisiones, la tecnología y la planificación pueden cambiar la ecuación. En este caso, con bacterias invisibles trabajando día y noche para convertir desechos en energía limpia.