El conflicto escaló el domingo por la noche, en el recinto, con Milei hablando como si estuviera en una asamblea contra un adversario concreto. En su discurso de apertura de sesiones, puso a la industria en el centro de una acusación moral y económica. Dijo que hubo empresarios “prebendarios” que “compraron privilegios a políticos corruptos” y defendió la apertura comercial como “un imperativo moral, económico y social”.
En el mismo tramo eligió ejemplos con nombre y rubro: “¿O acaso les parece normal pagar la tonelada de tubo de acero US$4000 cuando se paga US$1400?”, lanzó, y remató con un apodo dirigido a Paolo Rocca: “Don Chatarrín de los tubitos caros”. También apuntó al sector del neumático: “¿O acaso les parece bien pagar los neumáticos tres o cuatro veces más caros?”, y al textil: “¿acaso les parece bien pagar una remera básica 50 dólares cuando la importada cuesta 5?”.
La UIA contestó con un comunicado que buscó marcar una línea sin romper del todo el puente. Pidió “respeto” como punto de partida, reivindicó el peso productivo y fiscal del sector y advirtió que el proceso de adaptación al nuevo esquema “no es homogéneo ni inmediato”, con muchas empresas —sobre todo pymes— en situación crítica por baja actividad, presión fiscal, financiamiento caro y caída del empleo. La entidad evitó una pelea frontal contra la apertura, pero planteó una condición política: el diálogo requiere un clima mínimo, aun cuando el Gobierno quiera empujar reformas y competencia.
El cruce dejó a la vista una tensión interna que ya venía cocinándose. La UIA tiene cámaras y sectores que piden endurecerse porque sienten que el modelo los deja sin aire: textiles, metalmecánica, autopartes, partes del neumático, ramas de consumo masivo que dependen del mercado interno.
La conducción intenta sostener interlocución con Economía y, al mismo tiempo, contener a una base que ve cierre de plantas, suspensiones y pérdida de puestos. En los datos que la propia entidad viene difundiendo aparece esa presión: empleo industrial en retroceso y capacidad instalada baja, con un mapa donde crecen pocos rubros y muchos caen.
A Milei esta pelea le sirve para ordenar un relato: competitividad contra privilegio, consumidor contra “protección”, mercado contra corporación. El problema aparece en la economía real. La industria no discute sólo aranceles: discute dólar, tasas, impuestos, logística, energía, importaciones, escala. Milei propone exposición a competencia con shock; la UIA pide condiciones para competir y tiempo para adaptar estructuras. Esa discusión suele terminar en el lugar donde la política argentina se parte: qué sectores se cuidan, cuáles se reconvierten, cuáles quedan afuera.
El Gobierno eligió personalizar la disputa con ejemplos de precios y con apodos. La UIA eligió contestar con lenguaje institucional y con advertencias sobre empleo y producción. En el medio está el dilema de siempre, actualizado al mileísmo: apertura rápida con un costo industrial concentrado, o transición con algún tipo de amortiguador.
La semana empieza con esa pelea arriba de la mesa, y con una pregunta que el propio Presidente instaló: si la industria quiere volver a ser “héroe”, primero tiene que demostrar que vive de producir y competir, no de pedir protección. La industria, por su parte, responde con otra: si el Gobierno quiere apertura, tiene que ofrecer un país viable para fabricar.