Pandillas de Nueva York (2002) no solo quedó en la historia por la dirección de Martin Scorsese o el duelo actoral entre Leonardo DiCaprio y Daniel Day-Lewis, sino también por haber llevado al límite la integridad física de uno de sus protagonistas. Para encarnar al despiadado William Cutting, “el carnicero”, el actor británico se sumergió en una preparación tan rigurosa que rozó lo peligroso.
Durante las grabaciones en los estudios Cinecittà de Roma, su compromiso con la fidelidad histórica de 1863 lo llevó a rechazar cualquier prenda de abrigo moderna que no existiera en el siglo XIX. Como resultado de los fríos climas que había en ese entonces, todo derivó en una neumonía severa en pleno invierno europeo.

Según reportes de sitios como The Independent, la situación se tornó crítica cuando, fiel a su técnica de actuación de método, Day-Lewis se negó inicialmente a recibir tratamiento médico contemporáneo. Su lógica interna dictaba que, si un carnicero de la época de la Guerra Civil no tenía acceso a antibióticos, él tampoco debía utilizarlos. Fue el propio Martin Scorsese quien debió intervenir personalmente para convencerlo de abandonar su postura y aceptar la medicina moderna.
Esta obsesión por la autenticidad no fue un hecho aislado durante el proyecto. El actor se formó como carnicero profesional y contrató a artistas de circo para que le enseñaran el arte del lanzamiento de cuchillos. Además, se reportó que Day-Lewis solía deambular por las calles de Roma manteniendo la actitud hostil de su personaje, llegando incluso a buscar altercados físicos con extraños para no perder la "chispa" violenta de Bill Cutting. El propio intérprete confesó más tarde a The Independent: “Me volví loco, totalmente loco", reconociendo que aquel rol "no fue tan bueno para mi salud física o mental".

El compromiso del actor también transformó la dinámica en el set, exigiendo que todos lo llamaran únicamente por el nombre de su personaje, una práctica que repetiría años después en el rodaje de Lincoln, con Steven Spielberg. El actor Stephen Graham recordó cómo fue el primer contacto oficial en maquillaje en Pandillas de Nueva York: "Él me mira a través del espejo, pone su mano sobre mi hombro y dice: 'De ahora en adelante, yo te llamo Shang y vos me llamas Bill'. Yo simplemente respondí: 'Está bien, Bill', y eso fue todo. Estábamos conectados". Incluso durante los momentos de descanso, Daniel Day-Lewis jugaba a las cartas con sus compañeros manteniéndose estrictamente en personaje.