Novak Djokovic es sinónimo de récords, títulos y dominio absoluto en el tenis mundial. Con 24 Grand Slams, su nombre resuena en la élite. Sin embargo, detrás de cada saque preciso y cada devolución inquebrantable, late la historia de una infancia marcada por la guerra y la escasez, un calvario que no solo no lo frenó, sino que forjó la mentalidad de campeón que hoy lo distingue.
Nacido en Belgrado en 1987, en una Yugoslavia que se desintegraba entre conflictos bélicos y embargos, Djokovic vivió sus primeros años bajo el manto de la incertidumbre.
Sus padres, Srdjan y Dijana, lucharon para darle a Novak todas las oportunidades, incluso abriendo negocios en la estación de esquí de Kopaonik para financiar su improbable carrera tenística. "Mi familia no tenía dinero para mandarme a entrenar en el extranjero. Lo apostaron todo", recordó Nole.
La herida más profunda de la infancia de Djokovic llegó en 1999, cuando la OTAN bombardeó Serbia durante 78 días. Tenía 11 años. "Un estruendo y la vibración de vidrios quebrados me despertaron en la madrugada del 24 de marzo; vi a mi madre caer inconsciente", relató en su autobiografía Serve to Win.
Junto a sus hermanos, Novak se refugió en el sótano de la casa de su abuelo, donde pasaron meses. "Nos despertábamos dos o tres veces cada noche... Pasaba casi todo el día en ese búnker", contó en CBS. La rutina diaria incluía hacer fila a las cinco de la mañana para conseguir leche o pan, una imagen grabada a fuego en la memoria de miles de familias serbias.

En medio de ese ambiente caótico, la pasión por el tenis fue un refugio y un motor. "Había una piscina vacía, abandonada, cerca de casa. Sin agua. Solo hormigón y un eco perfecto. Agarraba mi raqueta y golpeaba pelotas contra esa pared, una y otra vez, mientras el mundo que me rodeaba se desmoronaba", escribió Nole, con una crudeza que emociona.
Su entrenadora de entonces, Jelena Gencic, diseñaba un mapa de canchas seguras en Belgrado, eligiendo aquellas que habían sido bombardeadas el día anterior, bajo la premisa de que los aviones no atacarían el mismo blanco dos veces. "Decidimos dejar de tener miedo", sentenció Djokovic. "Después de tanta muerte y destrucción, cierto sentido de libertad te invade" aseguró.
De esa experiencia traumática, el tenista serbio extrajo una fortaleza inquebrantable. "Saco varias cosas positivas de vivir en guerra, como tener más hambre de éxito. Me hizo más fuerte y ayudó a convertirme en el número uno", afirmó.
A los 12 años, la familia hizo un nuevo sacrificio, mudándose a Alemania para que entrenara con Nikola Pilić. El resto es historia. Hoy, Djokovic es un héroe nacional, embajador de un espíritu de lucha que trascendió las bombas y la pobreza.
"Cuando alguien me pregunta de dónde saco la mentalidad para no rendirme nunca en una final, no pienso en tácticas ni en psicología deportiva. Pienso en esa piscina vacía. Pienso en el olor a sótano. Pienso en el sonido de los aviones" afirma.