El lenguaje no solo sirve para nombrar las cosas que nos rodean; también deja pistas sobre cómo pensamos e interiorizamos el mundo. Las palabras que elegimos, los insultos que repetimos, incluso las etiquetas que seleccionamos para clasificar a los otros dicen más de nosotros mismos de lo que a veces estamos dispuestos a admitir. Son marcas de identidad que terminan delatando lo que verdaderamente uno es, más allá de nuestras autopercepciones y de nuestras declaraciones públicas. El recorte que hacemos dentro del infinito mundo de las palabras habla tanto —o más— de nosotros que de aquello que pretendemos describir. En política esto se vuelve todavía más evidente, porque el modo en que nombramos al adversario —o la forma en que nos nombramos frente a ese adversario— suele revelar con bastante precisión nuestras coordenadas ideológicas.
Sin ir más lejos, en la política argentina hay ejemplos muy claros. Durante décadas la palabra “gorila” funcionó como una síntesis casi perfecta, el nombre que el peronismo reservó para quienes lo combatían. Ser gorila era ser antiperonista; estaba claro. Pero esa definición, tan nítida durante tanto tiempo, dejaba abierta otra pregunta menos cómoda y bastante más difícil de responder. Si ser gorila es ser antiperonista, ¿qué significa ser peronista?
La polémica reciente en redes por la foto que Lionel Messi protagonizó junto a Donald Trump volvió a mostrar una escena reiterada. En cuestión de horas se manifestó el improvisado y minoritario tribunal de Twitter descargando su furia ante el gesto, justo en medio de una escalada internacional que mantiene al mundo pendiente de Medio Oriente. Muchos usuarios e influencers aprovecharon para hacer su negocio y recordaron la figura de Diego “Amado” Maradona como contrapunto moral frente a lo que interpretaron como una escena de sumisión o servilismo. Pero sin desconocer la sensibilidad de la época que toca vivir ni las lecturas que inevitablemente despierta cualquier gesto público de figuras tan visibles, lo que verdaderamente capturó mi atención fue otra cosa. El modo en que ciertos sectores de la política canibalizan próceres muertos buscando la conexión con “algo” que perdieron hace rato. Como si el pueblo pudiera ser invocado a través de sus símbolos, pero nunca convocado ni verdaderamente escuchado en el presente, porque su sola presencia incomoda a quienes creen administrar el buen pensamiento de turno.
La reducción de Maradona a una especie de santo portátil, listo para ser usado cada vez que la coyuntura lo demande, para cualquiera que haya seguido mínimamente la vida y obra del diez, resulta como mínimo ridículo. Diego fue cualquier cosa menos una estampita moral. Fue contradictorio, excesivo, impredecible y profundamente humano. Pretender acomodarlo dentro de un manual ideológico dice más de quienes lo invocan que del propio Maradona. En realidad lo que aparece ahí es otra cosa, es el consumo estético de lo popular. Maradona como símbolo, como póster, como referencia cultural cómoda, despojada de sus tensiones y de su relación real con la gente que lo erigió ídolo. En otras palabras, Maradona sin el estorbo del pueblo que lo amaba. Algo no tan distinto de lo que, en otro plano, también padeció la figura de Evita.
Entonces el problema que aparece finalmente es otro. Más allá de la indignación de turno o de la maquinaria de rage bait que muchos utilizan a su favor, lo que queda expuesto es la relación cada vez más incómoda que ciertos sectores de la política parecen tener con aquello que dicen representar. El peronismo, al menos en su formulación original, no nació para educar al pueblo sino para encarnarlo. De ahí sus frases más conocidas, que en realidad funcionaban como método. En un abrir y cerrar de ojos, “la única verdad es la realidad” fue reemplazada por una batalla cultural sin salida ni retorno donde el lenguaje aparece como la herramienta ultima de transformación social; “el pueblo nunca se equivoca”, por ese chiste cada vez menos exagerado de “estos negros no saben nada del goce”; y aquella máxima tan argentina de “nunca me metí en política, siempre fui peronista”, por el sobregiro ideológico de quienes son capaces de ver antiimperialismo performativo en el Super Bowl mientras insultan a la CGT, que pese a todo sigue sosteniendo una red de derechos y cobertura social diaria, en un mundo que claramente se encamina en otra dirección a una velocidad nunca antes vista.
De repente el idolo que encabezó la movilización popular más grande de la historia argentina hace apenas algunos años —las celebraciones del Mundial de Qatar— termina siendo juzgado por una foto protocolar mientras su vínculo real con millones de personas sigue intacto. Un acontecimiento infinitamente más memorable que una imagen con un ex presidente en el balcón de un edificio de gobierno o con algún ministro a las apuradas en un aeropuerto. La entrega sin mediación, durante horas, de un equipo campeón —que terminó insolado— con su pueblo nos regaló imágenes explícitas de amor y devoción sincera que dieron la vuelta al mundo. Una orgía de pasiones y cuerpos semidesnudos entregados a una celebración masiva sin precedentes.
Desde ya existe una ventaja comparativa en invocar a los muertos y es que no responden, no contradicen, no se equivocan, no te dejan plantado. Mientras tanto empiezan a deslizarse discursos que sugieren algo inquietante; que en última instancia el problema de la Argentina son los propios argentinos. Frases que comienzan a leerse en un sentido inverso al que alguna vez fueron formuladas. Aquello de “se creen dueños de un país que odian” parece describir hoy no solo a los enemigos históricos del peronismo, sino también a ciertos sectores que hablan en su nombre mientras miran con superioridad aquello que el pueblo, a pesar de todo, ama.
El antecedente no es menor ni anecdótico. Hace no tantos años el mismísimo Francisco fue acusado de complicidad con la dictadura militar por periodistas e ideólogos que luego quedaron expuestos, cuando trabajos como los de Aldo Duzdevich desmontaron esas acusaciones. Entonces si ser peronista es la dialéctica entre lo nacional y lo popular, la pregunta aparece sola ¿Existe algo más gorila que odiar lo que el pueblo ama?